Descubrí el ímpetu sobrecogedor de su portentosa teatralidad escénica y su rasgada voz penetrante y cautivadora en un casete amarillento y desgastado en casa de mi abuela, tenía doce años y jamás pude olvidarlo. Ay Macorina, ponme la mano aquí...
Uno anda la vida junto con los mitos que metes en la mochila, que te acompañan entre letras y canciones de las que es imposible desprenderse, y en mi pequeño equipaje de amores y desamores, de alegrías y fracasos, sobre todo de dolientes fracasos, solo está y ha estado siempre, Chavela:
En el tren de la ausencia me voy
Mi boleto no tiene regreso
lo que quieras de mi te lo doy
pero no te devuelvo tus besos.
Pura filosofía, maestra del desengaño, fuerza todopoderosa de las entrañas, ese pálpito de alma herida que inexplicablemente te reconforta, porque ante los desamores y las traiciones, ante las calamidades y el amor despedazado, hay siempre una canción de Chavela... para llorar:
¡Arráncame la vida!, con el último beso de amor
Arráncala, toma mi corazón, ¡arráncame la vida!,
Y si acaso te hiere el dolor, ha de ser de no verme
Porque al fin tus ojos, me los llevo yo.
Hoy un trocito de mí muere junto a la Vargas, a la gran e incomparable Chavela, hoy mi gran mito muere y me deja huérfano y solo, más triste y desamparado que nunca, si es que eso puede ser. Y evocando aquello de "tómate esta botella conmigo, en el último trago nos vamos", me quedo con las amarguras de sus canciones, la inmortalidad de sus consejos y la fuerza eterna de su inigualable destello: nadie como ella.
Piensa en mí cuando sufras, cuando llores,
también piensa en mí, cuando quieras
quitarme la vida, no la quiero para nada,
para nada me sirve sin tí.
Y dedicándote al gran Whitman: O Chavela, mi Chavela. Levántate y escucha las campanas.