La travesía fue especialmente dura y algunos no soportaron los diez días y noches que duró la pesadilla. Hubo jóvenes que sufrían delirios y se lanzaban al mar para no seguir soportando el terror de otra noche en medio de la nada más absoluta. La pericia de Adama salvó al resto; un centenar de inmigrantes logró finalmente llegar al puerto de Los Cristianos. Cuando la policía preguntó quién era el que capitaneaba el cayuco, todos señalaron, algunos con indisimulado orgullo, a Adama, el que les había salvado la vida. Sin embargo, para nuestras leyes actos como el de Adama suponen promover, favorecer o facilitar la inmigración clandestina y como encima hubo muertos en el trayecto, los tribunales le condenaron a un total ocho años y seis meses de cárcel. La semana pasada le dieron el primer permiso después de seis años y recibió los primeros abrazos de un puñado de amigos que le esperaban a la puerta de la prisión. No es un cuento de Navidad, es tan real como que existen políticos sin alma, sin ética, ni moral, capaces de privar de libertad a gente inocente con tal de blandir un manojo de estadísticas.
Pedro Fernández Arcila.
Concejal de Sí se puede en el Ayuntamiento de Santa Cruz