Lo que al final se viene a demostrar es que esta personara que es la señora Romero y su pareja sentimental, Javier Limón, el que mejor exprime los dramas, dan lo que dan. Su recorrido es más bien cortito, casi de vía estrecha. Desde el momento en que den con prensa mínimamente incisiva, el chiringuito que tan perfectamente tienen montado a cuenta del ébola se les va a caer como un castillo de naipes al primer soplido. Son dos personas a las que alguien les ha abierto el ansia de protagonismo, de creerse las estrellas imprescindibles en cualquier tertulia televisiva. Pero en cuanto rascas un poco se demuestra que son dos petardos mojados.
Me imagino, y esta es la versión más creíble, que el abogado de esta señora le habrá aconsejado que renuncie a ingentes cantidades de dinero a cambio de hacer entrevistas más de corte cortesano, no vaya a ser que la cuestiones por, un suponer, determinados aspectos que la dejen con salva sea la parte al aire y le empiecen a llover demandas. Porque igual que esta individua y el ácido de Limón han amenazado con los tribunales (esto es muy de clase baja cuando no hay argumentos), también, pero sin tanto autobombo y publicidad les pueden caer a estos dos tortolitos alguna que otra querella por querer pasarse cuatro pueblos de listillos.
Juan Antonio Alonso Velarde