El que la muerte de la naturaleza sea silenciosa, es decir que la muerte de miles de animales y plantas sea muda, es lo que nos hace vivir en el engaño de que no es para tanto. Hubo suficientes advertencias, pero todas cayeron en saco roto en las últimas décadas y se desperdició un tiempo valioso para corregir el curso de los acontecimientos.
El ser humano es el "rey de la creación" quien supuestamente puede someter a todas las formas de vida, pero en realidad nadie puede arrogarse el derecho de matar a otras formas de vida. Toda la naturaleza, incluidos nosotros los seres humanos, formamos un gran colectivo, una comunidad con un mismo destino. Esto es algo que ahora empezamos a ver de forma cada vez más dramática.
Jesús de Nazaret, el maestro del pacifismo, enseñó que debemos proteger toda vida y que no debemos matar de forma deliberada. Él también vino por la naturaleza y los animales. Hoy sabemos que lo que Él enseñó no eran prohibiciones, sino ayudas para tratar de forma justa la vida que nos rodea. Y cada vez se ve con mayor claridad que en Su enseñanza sencilla se encuentra la solución también para la situación tan seria en la que nos encontramos. Y aunque sea mucho lo que se haya perdido, la Regla de Oro de Jesús de Nazaret sigue teniendo validez: Lo que queramos que otros nos hagan a nosotros, eso deberíamos hacer nosotros primero a ellos, también a la naturaleza. O sea que cuanto más protejamos activamente y fomentemos conscientemente la naturaleza, tanto mejor, lo que en ultima instancia nos beneficia tambien a nosotros mismos.
Ha llegado el momento en que no nos queda otra opción que dispensar un trato de mayor calidad a la naturaleza, en especial a nuestro prójimo animal y vegetal, pues ellos también son parte de la naturaleza. Un momento de la historia de la humanidad en la que "el rey de la creación" no brilla preciamente por su altruista forma de actuar, más bien habría que decir que estamos literalmente serrando la rama del árbol sobre la que estamos sentados.
Ana Sáez Ramirez