¿Y por qué les cuento esto? Pues porque el equipo de mis amores (y de mis sufrimientos, sobre todo esto último) se ha empeñado en algo tan sencillo como renunciar casi desde el inicio a luchar por el 10 para intentar conformarse con el 8 y al final llegará a sacar un seis mediocre. Me explico, los 'papás' del club, Enrique Cerezo y Miguel Ángel Gil Marín, no han pedido ni reclamado al equipo que luchase por la Liga pese a tener hasta mediados de diciembre a tiro de piedra, al menos meterle presión al Barça.
El Atlético de Madrid, lisa y llanamente, se ha dedicado al innoble arte de renuncia a ser primero y sólo estar preocupado por lo que hacía el Real Madrid, tratando de administrar cicateramente una renta sobre el vecino del Bernabéu mientras los blaugrana seguían con su viaje plácido hacia la conquista de la Liga.
Ahora, el gran peligro para el plantel atlético es que, superado ya por el Real Madrid, se empiecen a volver tarumbas en esa casa de locos, en ese psiquiátrico permanente que suele ser el Vicente Calderón. Y es que puestos a ser superados por los merengues, por detrás se alimentan las esperanzas de Málaga, Valencia, Betis o la mismísima Real Sociedad tras ganar en el feudo rojiblanco madrileño.
Lo dicho, esto pasa, sencillamente, por falta de ponerse como meta un listón más alto. ¿De qué vale ser subcampeón? De nada, yo no he visto por regla general que alguien celebre ser segundo. En el Atleti igual sí porque se sigue con ese viejo y rancio vicio de da igual que la Liga la gane el Barça mientras tengamos la opción de quedar por encima del Madrid. Error. Eso es pensar como un equipo pequeño y cuando se tiene esa mentalidad, lo lógico es que acabes emborronando lo que habían sido dos tercios más que aceptables de una temporada ilusionante y que acabará como casi todas la últimas del Atleti, en una decepción o, lo que es peor, en la más absoluta de las indiferencias.
Juan Antonio Alonso Velarde