El cónclave, como ha sucedido en las tres ocasiones anteriores, se ha resuelto en la segunda jornada y en sesión vespertina. Como siempre, muchos nombres lanzados como barro a la pared, a ver si pegaba alguno, pero, evidentemente, los caminos del Señor (y de las votaciones) son inescrutables y, por supuesto, en esta oportunidad no iba a ser diferente. Las previsiones y las predicciones han quedado rotas por completo, entre otras razones porque indagar en las voluntades de los purpurinos es casi tan complejo como descifrar un jeroglífico chino.
Dura agenda le queda ahora al sucesor de Joseph Ratzinger al frente del Vaticano. Para empezar, en cuestión de meses, le queda nada más y nada menos que un viaje a Brasil donde tendrá lugar la Jornada Mundial de la Juventud, un acontecimiento que, según algunas fuentes, no era muy de su agrado, no por encontrarse con los jóvenes, sino por la pesadez del desplazamiento en sí.
Sé que resulta una quimera pedirle al nuevo Papa modernidad, pero evidentemente la institución eclesiástica tiene que ponerse al día, no puede seguir dando pasos antidiluvianos, hacer oídos sordos a las necesidades de hoy en día y, especialmente, aunque a alguno le puede reventar los tímpanos, de oírlo, o dejarlo ciego, de leerlo, permitir, como sucede con otras confesiones, el matrimonio. Precisamente, así se evitarían ciertas tentaciones y una serie de comportamientos que son naturales en el ser humano, pero que la religión ha convertido en algo prohibido.
Juan Antonio Alonso Velarde