Por lo pronto, a Artur Mas y a su pléyade de mafiosos ya les han caído en suerte unas cuantas querellas por la payasada del 9-N, aunque es verdad que faltó que metieran en el mismo saco al Ejecutivo estatal por permitir la astracanada. El presidente catalán, con la chulería y la prepotencia que le caracterizan, ya ha dicho que él está ahí para aceptar los cargos que sean, pero qué él se siente más chulo que un ocho, que está perfectamente encantado de haber desafiado a un Gobierno de Rajoy que se ha limitado a enrocarse y sacrificar amargamente sus Torres-Dulce.
Lo peor de todo es que en este juego de apariencias, de amagos y de faroles los verdaderos afectados son unos ciudadanos catalanes que ven con pesar como el Ejecutivo nacional, por pasividad, y el catalán, por acción desmedida, están dando un espectáculo poco reconfortante. Están sobrepasando los límites de la astracanada más surrealista que sólo puede resolverse con esas gotas judiciales de efecto inmediato, mandando al señor Mas a la cárcel, no solamente inhabilitándole del cargo.
Cataluña ha estado 35 años en manos de auténticos chantajistas, de caraduras más falsos que Judas y que un billete de dos euros, verdadero profetas de la hipocresía que vendían para dentro el famoso discurso del Madrid nos roba mientras que la realidad pura y dura era que ellos eran los que sí se lo estaban llevando al bolsillo de una manera tan aviesa que al final tanta ambición acabó por rompérseles el saco. Por eso rabian, porque no sólo los catalanes de bien no están por la secesión, sino porque además han visto que tienen unos políticos que son unos ladrones de tomo y lomo.
Juan Antonio Alonso Velarde