Cualquiera de nosotros, a día de hoy, firmaríamos a ciegas un papel en el que se nos asegurase que de aquí al resto de nuestros días íbamos a tener garantizado el sustento diario de un plato de lentejas o de macarrones. Sí, está claro que no es igual comer en De María, el Asador Frontón o en la Venta de Moncalvillo, pero desde luego no están los tiempos para exquisiteces, sino para al menos poder tener en el plato algo tan mundano, pero a la par tan nutritivo que esas legumbres o esa energética pasta.
A fecha de hoy, tal y como nos vienen evaluando desde los organismos económicos mundiales, prácticamente tendríamos que someternos a una estricta dieta tan baja en calorías que alcanzaríamos rápidamente una alarmante avitaminosis. Para evitarlo, hay que empezar a poner el remedio y lo primero es acabar con los despilfarros a los que nos hemos acostumbrado en los últimos tiempos, así como a favorecer indiscriminadamente a la banca a la que, mientras se le suministraba liquidez desde el Gobierno para que ésta luego pudiese facilitar crédito a los clientes, se le ha consentido que estrangulase esos mismos préstamos, invirtiese el dinero en vaya usted a saber qué fondos y encima ahora, con el dinero de todos los ciudadanos, hay que pagar ese desaguisado.
Por eso, sin duda alguna, tenemos que apostar por volver a ser esa España de la lenteja y del ándeme yo caliente y ríase la gente. Mejor comer productos patrios de andar por casa a diario que anhelar durante 364 días poder pegarse el atracón. Pero para eso hace falta que se pongan los medios y que este Ejecutivo de Rajoy baje de la estratosfera y ponga los pies sobre la tierra.
Juan Antonio Alonso Velarde