Obviamente, Tarrés dio una versión opuesta a la dada por las quince nadadoras, reconociendo, eso sí, que la disciplina es esencial para obtener medallas y que la alta competición no permite distracciones o relajos. Y es que camarón que se duerme, se lo lleva la corriente. Y eso vale para los peores y los mejores deportistas de la elite.
Como uno no es juez y no tiene por que dar en este caso un veredicto, lo cierto es que sí se perciben cierto agujeros negros en este caso. Por ejemplo, ¿por qué salen ahora estas voces críticas y no cuando estaba la señora Tarrés como seleccionadora? ¿Por qué el presidente de la federación, el señor Fernando Carpena, toma ahora esta decisión? ¿Acaso tiene que ver en esta historia sus fricciones con los federativos catalanes? ¿Por qué ahora y no entonces, cuando saltó el escándalo, habla Anna Tarrés?
Sí la ya ex seleccionadora abusó psicológicamente de sus pupilas para alcanzar los logros, entonces habrá que poner en tela de juicio su metodología. Sin embargo, a Tarrés no se le podrá poner en duda que ella ha conseguido poner a España en la elite. Vamos a ver finalmente si alguien deshace este nudo gordiano o me temo que esta historia acabara como el Titanic, un gran proyecto que topa con un iceberg y se hunde por completo.
Ojalá en la Federación sepan lo que están haciendo y que las acusadoras, más allá de las palabras, sepan demostrar fehacientemente sus acusaciones. A veces, no digo que este sea el caso, algunos tienden a confundir lo que es disciplina cuartelaria con torturadores y, desde luego, no es lo mismo.
Juan Antonio Alonso Velarde