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05 Feb

De cuando el Narrador lee al Desconocido Escritor, y al enjuto podenco Mo le preocupa el desahucio de la cultura

En la actualidad, en este agónico despeñadero y en esta desazón económica, en esta barca río abajo en la que nos hallamos subidos, sin dirección apreciable, ni orilla segura o conocida donde arrimarnos o amarrar y desatascar nuestro futuro, y en la desesperanza de no poder emerger o incubar nuevamente nuestras ilusiones y perspectivas, y en la oscuridad de este ocaso que cada vez más desgarra y coarta nuestras actitudes y nuestro proceder, aparecen las aves rapaces, hurañas y armadas con sus garras y picos, graznando y chirriando que la cultura es una pérdida de tiempo, una inutilidad incoherente, un irrisorio coliseo de vagos, de libertinaje y vagabundos, e improductivos seres que hay que expulsar y arrinconar a las periferias de la sociedad de las futuras urbes, ahí, desterrados donde no molesten, donde estorben lo menos posible, en viciados guetos donde sus palabras y opiniones se evaporen y volatilicen en el aire.

Así comenzaba el artículo que yo leía en el periódico, de un Desconocido Escritor, ¡que lo conocerán en su casa!, porque yo no he leído nada de él, ¡y eso que yo soy un incesante ratón de librerías y bibliotecas! Que me hallaba en esa tesitura, en la intención de procurar algo de entendimiento del enredado artículo, y no digo yo que no esté bien elaborado, pero enredado es un "güevo". Lo he tenido que releer varias veces para apreciar algo en claro. Y eso mientras degustaba una café, cuando apareció de nuevo el jodido enjuto podenco Mo, y remolón se acomoda bajo mis pies, debajo de la mesa. Distraído, intenté no dar muestras de haber advertido su presencia, pero no acababa yo de resolver dicho pensamiento, cuando oigo que se dirige a mí, así que no me quedó más remedio que acomodarme hacía atrás en el respaldo, y observar por debajo de la mesa.

¿No sabes de las nuevas premisas gubernamentales?, me preguntó Mo, y con un leve movimiento de mi rostro gesticulé negativamente. En las futuras poblaciones, me dijo, no habrá libros, ni música, ni artesanos, ni obras de arte, ni museos que los alberguen, ni obras de teatro, ni películas en el cine, ni muchos otros. Nada. Todo esto será relegado a lo que denominaran, despreciables y apestadas periferias, a chabolas y casuchas donde residirán y sobrevivirán los quijotescos personajes que la conforman. Dirán que todos esos son unos desequilibrados e inconscientes luchadores contra molinos de viento, que observan castillos donde solo hay ventas, ejércitos donde solo hay manadas de carneros, que atizan cortes y cuchilladas a cueros de vino creyentes que es el gigante enemigo de la princesa Micomicona, que en esas y muchas cosas se confunden y deliran, y lo dirán y gritarán en las conferencias y reuniones los miembros del Consejo de La Ciudad, y mantearan las irrisorias perspectivas y opiniones de esos quijotescos personajes desplazados a la periferia.

¿De qué hablas?, ¿no te entiendo?, le pregunté. ¿De qué va a ser?, me contestó mientras se lamia una de las patas, ¿es qué no lees los periódicos?, y me miró confundido. Que no hay dinero para la cultura, pero la realidad es que no les interesa que la haya. ¡Para sus bolsillos siempre la hay! Y se disfrazaran los miembros del Consejo de la Ciudad de cura, barbero, ama y sobrina, y se encargaran de colocar en la hoguera toda posibilidad que asimile o contenga restos o esencias de cultura. Pues ya lo esbozó metafóricamente Miguel de Cervantes, alejar los libros del hidalgo caballero y abocar su conducta hacía la satisfacción de las coherentes necesidades atávicas, y así, poco a poco, lentamente, dejar apagar la luz de la vela del ingenio y la elucubración. Y concebirán y forjaran estos, los procuradores de las nuevas Metrópolis, nuevos héroes y protagonistas, y los ensalzaran, y también nuevas culturas hechas de trapo y a medida, con el único propósito de expoliar y desestimar la cultura de esos quijotescos personajes.

¡Cada vez entiendo menos a este chucho¡, y por temor a que me vean charlando una vez más con él, me inclino nuevamente hacía la lectura del artículo del Desconocido Escritor, en el que hace unos momentos me hallaba, a riesgo de que el enjuto podenco Mo, enfadado, me procure una mordida. Hay mucha gente que no lee, ni esboza líneas y colores y siluetas sobre un papel en blanco, ni compone uno a uno múltiples y melódicos sonidos en un pentagrama, ni enarbola y confecciona sobre las tablas de un teatro, o tras la plaqueta, en las escenas de un rodaje, maneras sobre la condición y las sensaciones humanas, ni juega emborronando historias con las palabras, ni transita en uno u otro modo en el ámbito de la cultura, bien como creadores o como espectadores. No lo han hecho nunca y nunca lo harán, y por ello no perciben perjuicio ninguno, no son menos inteligentes y la muerte le sobrevendrá en símil manera. Eso está claro, pero...

Miro de reojo, por un lado del periódico, bajo la mesa, se ha marchado.

(Conversaciones con el enjuto podenco Mo)
(Siglo XXI, año XIII, mes segundo)
Andrés Expósito, escritor
(www.andresexposito.es)

Modificado por última vez en Martes, 05 Febrero 2013 15:24
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