Viernes, 22 de Enero 2021 

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28 Ago

Cada día, de una manera irritante y demagoga, la situación social y económica así como los sucesos que se van originando, apostillan y encallasen nuestra mente o estado sensorial con la noción de que toda autoridad es sospechosa, todo poder corrompe, y si es un poder absoluto corrompe absolutamente.


El ciudadano percibe cierta confusión, debilidad y rabia, ante el Estado y la confección económica y social que la componen, que ha quedado organizada en estas metrópolis actuales en las que la mayoría de los países han hallado su presente. Lejos de entrar de lleno o andar en vericuetos o laberintos, lo natural, lo lógico, lo simple, en la estructura ideal del formato de ciudad, se proclamaría en un gobierno que protegiera con sus leyes a sus ciudadanos, donde las diversas empresas dieran trabajo a los mismos, y las entidades bancarias prestaran ayuda y acogida al propio ciudadano, pero esta realidad y su trasfondo deja dilapidada esa posibilidad, y queda en el contexto actual, bastante apreciable en la lectura de cualquier periódico o al echar una ojeada a algún noticiario televisivo, lo verdaderamente alarmante, esa sacudida incesante de miembros o individuos instalados en esas tres cumbres sociales, Gobierno, Empresa y Entidad Bancaria, con pruebas o indicios de corrupción.
Como se ha dicho, la autoridad está desde hace bastante emanando peligrosos efluvios de sospecha, y sin pararnos a proclamar "que se es inocente hasta que se demuestre lo contrario", lo palpable, la sensación sentida por el ciudadano de desconfianza produce un desajuste social hacia la propia metrópolis como estructura evolucionada desde que la especie humana abandono la conducta nómada, y se asentó en grandes grupos en diversos lugares. En todo caso, no solo lo grave de ésta crisis nos desvela la ausencia de trabajo, o los bolsillos vacíos donde crecen piedras, sino una percepción sensorial de que cualquier miembro dentro de esos tres pilares básicos de la estructura de la metrópolis, alberga y propone corrupción.

Nos estamos acostumbrando con demasiada facilidad a una conducta tanto gubernamental como económica de degradación y corrupción, donde los productores y principales ejecutores de dicha irresponsabilidad queden a salvo de condenas y castigos tras sentarse en el banquillo de los culpables y debatirse en múltiples juicios, y ello, genera en el ciudadano la instintiva sospecha de que los respectivos jueces y jurados, quienes debieran velar, incorruptibles e imperturbables, por la legalidad dentro de la estructura de la metrópolis, alcanzan símil degradación y putrefacción desde la visión del ciudadano que la de los sentados en el banquillo. El destrozo sensitivo a modo de cicatriz irreparable que van sufriendo los miembros de la metrópolis, desgasta la idea hasta ahora evolutiva de la estructura de la ciudad.

No solo la estructura de la ciudad como tal está quedando afectada, más preocupante es el sonido antes exultante y cristalino de la palabra Democracia, tantas veces usada como arma y clamoroso grito en múltiples batallas contra dictaduras y gobiernos totalitarios, y ahora, lóbrega y nimia. Dicha palabra deja de presentarnos un halo de libertad e ideal estructura para cualquier muestra viviente de metrópolis.
La oscuridad de esta tenebrosa noche de vampiros monetarios y muertos vivientes que aterran y coaccionan la salud familiar e individual del ciudadano, atrofian y desarraigan a los miembros de la metrópolis con la estructura en la que está forjada la misma, y al tiempo con la palabra Democracia.

Escritor Andrés Expósito

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