Ese individuo atendió la llamada con la misma flema británica que quien pide un cargamento de lápices o de gomas de borrar ("Lo siento, pero me tendrás que llevar la mercancía a un kilómetro porque yo allí no puedo entrar"). El problema es que no estábamos hablando de mercancía, sino de vida humanas que este chapucero telefonista trató como sustancias al peso. Un insensible de marca mayor ante el dramón que se estaba viviendo en la mortal fiesta de Halloween.
Independientemente de que este tipo de celebraciones conlleva y arrastra a personas de todo pelaje, pero normalmente no estamos hablando de gente que se conforme con pasar una velada relajada, lo cierto es que aquí ha fallado todo, desde la organización del evento a la seguridad e incluso la disponibilidad médica. Los hechos son los que son y hoy tenemos al empresario de la fiesta en libertad tras pagar 200.000 euros, a unos servicios médicos que sólo saben culparse los unos a los otros y una minúscula dotación policial que encima, según confirman muchos testigos, veía impasible como se organizaba un botellón paralelo.
Aquí, sin duda, los mejores son los familiares de las cinco víctimas que, pese a toda la porquería que está saliendo (y según se va investigando, más mierda sale), han tomado la sabia decisión de poner todo en manos de los abogados, ahorrarse ruedas de prensa que sólo contribuirían a alentar más el morbo y, lo más importante, apartarse del primer foco de la actualidad. Esto del Madrid Arena no puede quedar enterrado. Todo tiene que salir a flote y que caiga quien tenga que caer, pero los ciudadanos nos merecemos una explicación en toda regla y no evasivas como ha venido pasando hasta la fecha.
Juan Antonio Alonso Velarde