Don Timoteo es una persona de escasa estatura, como el Zaqueo evangélico -con quien a veces, en su sentido del humor genuinamente clerical, se compara-, muy jovial y extravertido. Se comporta en ámbitos íntimos y ajenos a su labor pastoral con tal desparpajo que alguien que no supiera de su ocupación, dudaría de vocación evangélica. En esos ambientes suele ser el centro de atención y más de uno le busca la lengua, que el desata y desata en un sinfín de chascarrillos, alguna que otra palabra grosera -tamizada con mohines amables- y frases de sesgada intención, arrancando sonrisas pícaras entre las mujeres más jóvenes y severas miradas desaprobatorias entre las menos.
En su fuero interno, este cura joven se sabe poseedor de un carisma que arrastra, sobre todo entre la muchachada -como a él le gusta denominarlos coloquialmente-. Y eso hace crecer su autoestima; autoestima que a veces trasluce en retales de una vanidad que más de uno no ha dejado de percibir; aunque nunca se lo hayan echado en cara, desde luego. Ese es su punto débil y al que aún no le ha empezado a poner remedio, no dudando de que cuando la situación se torne más comprometida sabrá atajarlo convenientemente.
La dueña de la casa le franquea la entrada y don Timoteo le estampa un par de besos antes de sentarse en un sillón, después de estrecharle la mano a Justiniano. El matrimonio, ya jubilados ambos, vive solo en una amplia casa; sus dos hijos, por motivo de trabajo, se tuvieron que ir a la ciudad y escasamente los visitan. -Usted, Don Timoteo, es como un hijo para nosotros -le decía con frecuencia doña Benita, mirándole con unos ojos gastados, nimbados por la edad, sin saber muy bien si lo decía convencida o por quedar bien. Don Timoteo enciende un cigarrillo y charla animadamente con Justiniano comentando aspectos del programa de televisión que está viendo. El cura ha hecho amistad con este matrimonio y los días que acude a dar clase al instituto, generalmente los lunes y jueves, antes de regresar a su parroquia, almuerza en su casa.
Y de eso hace ya un par de años. Aún recuerdan la primera vez que se sentó a su mesa. -Don Timoteo, le frío un huevo o dos -se oyó desde la cocina la cantarina voz de la anciana, envuelta en un aroma aceitoso que hace deglutir de satisfacción al cura. -Dos, doña Benita, dos. ¿Adónde va un hombre con un huevo solo?-responde, medio perdido entre el humo del cigarrillo; y suelta un carcajada que es secundada, al instante, por Justiniano. - ¡Qué picarón es usted! -y las palabras se diluyen entre el chisporroteo de la sartén y la risa franca del viejo. Se levanta Justiniano del sillón, aún acalorado y ruboroso y con los ojos húmedos por la esfuerzo. -Don Timoteo, ¿va a beber vino o agua? -le preguntó cuando su pecho ya parecía calmado. -Vino, vino, don Justiniano; si el agua estropea los caminos, ¿que no hará con mis tripas? -responde el cura.
El viejo embrida otra carcajada, se contorsiona, se enjuaga con el pañuelo y desaparece; al cabo, regresa con una botella de vino; los ojillos, tras los cristales, aún remojados. Después de aquello ya nunca le preguntan esas pequeñeces. Conocen al cura, que no se corta ni con un bisturí; pero a ellos, que están solos todos los días, les agrada su compañía y la aguardan con impaciencia. Siempre aparece con algunos chismes y rumores, y de no ser por él nunca se enterarían de lo que pasa en la comarca. Ya en el despacho parroquial, don Timoteo, enciende el ordenador y revisa el correo. De la docena, tres son de feligreses que exponen prolijamente sus pecados por esta vía.
Don Timoteo, atento a los cambios y al progreso social, no ha dudado en colgar del tablón de anuncios de la iglesia su correo electrónico para estimular la reticencia y apatía de los fieles en acudir al confesonario. Nada le importa a él la senda para aproximarse a la reconciliación; lo importante es que acudan al sacramento y se arrepientan de sus pecados. Lee atentamente las confesiones y luego responde dando cita para la absolución; porque eso sí, la absolución debe ser presencial, como mandan los cánones. Imprime los tres correos, anota algunos detalles y los guarda en una carpetita de tapas moradas.
Este veloz y moderno medio de comunicación, aún no sancionado por la autoridad eclesiástica diocesana, le ha servido para aumentar el número de fieles que confiesan sus pecados; sobre todo, entre los jóvenes, que son los más remisos a este sacramento. Si la noticia llega a oídos del obispo -que llegará-ya buscará argumentos categóricos que justifiquen su proceder. Pero ver la iglesia a rebosar -cuando al principio de hacerse cargo de la parroquia solo se ocupaban las primeras bancadas con viejas cuchicheantes, pesquisidoras e intrigantes- y hacer pedidos urgentes y extraordinarios de obleas para dar la comunión serían suficientes razones para continuar haciéndolo.
Lo dijera quien lo dijera. La mies era mucha y los métodos del segador debían ser variados, adaptados a los tiempos que corren y lo más eficaces posibles. Y si con ellos congregabas a todo el rebaño, miel sobre hojuelas. Y de eso se trataba. Y es que don Timoteo reconocía sin ambages que eso de hincarse ante un cura y abrirle la espita de las miserias no dejaba de ser algo que la gente rechazaba. Este nuevo método no era tan lesivo para la intimidad de las personas. -Mucho menos humillante -le había comentado un impulsivo parroquiano joven, al que en su fuero interno el cura no dejaba de pensar que llevaba razón; pero nunca se lo dejó ver, pues hay cosas que conviene callar.
Jesús de Nazaret, de venir al mundo en estos tiempos impíos, seguro que hubiera hecho lo mismo. ¡Conociéndole!