Sábado, 19 de Septiembre 2026 

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04 Abr

Tras una inmersión de más de una hora, alcancé la superficie del agua, justo al lado de una escalerilla corroída por el salitre.

O, eso me pareció.

Durante unos momentos me quedé absorto y confuso al topar con una formación de cuatro o cinco helicópteros de combate bombardeando las posiciones de los cerros que se alineaban sobre un cielo polvoriento. Los proyectiles cortaban el aire, silentes, y formaban caliginosos hongos de pólvora que se arracimaban y se ensanchaban hacia el horizonte sombrío. La sangre refulgía reseca sobre los pechos desnudos, sobre los uniformes, sobre las culatas destrozadas.

Un blindado aparecía volcado en un talud, perforado por una granada y servía de parapeto a una escuadra de granaderos enardecidos que aguardaban el momento del asalto. Un enorme embudo se había convertido en la tumba de un soldado, que yacía exangüe a escasos metros del fusil destrozado; el casco le caía sobre la cara, pero aún dejaba al descubierto un ojo ensangrentado y abierto; abierto al horror de un cielo infame. Un oficial indeciso consultaba un estúpido mapa y observaba los nidos de ametralladora que se ocultaban tras unos toscos muros de piedra. Enredado en los pinchos de la alambrada su operador de radio agonizaba, velado por las ásperas órdenes que emanaban del auricular. Y en la lejanía del brumoso horizonte un mortero enemigo...

Aquello que surgía tatuado sobre la formidable espalda del hombre que ascendía los peldaños delante de mí, no era una batalla; era, mutatis mutandis, una obra de arte. Y prendado me quedé de ella. Me despojé de las gafas para contemplarla mejor; pero cuando alcancé la cima del malecón y quise acercarme a valorarla detalladamente, -contar quizá los vivos, quizá los muertos- el hombre se zambulló en las mansas aguas del océano.

Mientras me despojaba del equipo recordé haber leído que ya desde la época del neolítico la especie humana viene practicándose tatuajes en la piel. Por motivos rituales, religiosos, estéticos, guerreros...; sobre todo, guerreros. Pues aún tenía en mi retina los que se dibujaban los combatientes polinesios antes de iniciar la batalla, para asustar y confundir al rival. O las cremas de camuflaje con que los soldados invasores rompían los perfiles de sus rostros en selvas perdidas y en estepas ignoradas. También los tatuajes han servido (¿y sirven?) para marcar y así patentizar la propiedad de unos sobre otros (personas o animales), como en las aberrantes épocas de esclavitud.

Desde hace un tiempo, la moda de tatuarse se ha generalizado ampliamente en muchos sectores de la sociedad, y generalmente, por razones estéticas; también reivindicativas e incluso de rebeldía. Lo cual induce a pensar que algunos se tatúan -motivos o dibujos similares- para demostrar su pertenencia a un determinado grupo o tribu.

Me senté a contemplar las olas lejanas que se asemejaban a las crines blancas de un inquieto corcel azul galopando hacia el sur, hacia el sur lejano y soñador. Y así, cautivo de un recuerdo añorado, cabalgué hacia el tiempo pasado, buscando el tatuaje perdido que una niñez acunada en absurdas mojigaterías y severas actitudes me quitó.

"Quiero tatuar en mi brazo

Una mariposa hermosa,

Con cuatro alas azules

Y doce lunares gualdos;

- ¿Gualdos...?

Largas antenas carmesí,

Ribetes ocres en las patas

Y en el vientre...,

En el vientre, veinte anillos dorados.

- ¿Una mariposa prisionera...?

No, libre ha de ser.

¡Y mágica!

Volará hasta el musgo de la fuente,

Entre flores de colores;

Subirá hasta la espadaña

Y descansará en el tomillo verde...

- ¿Y si no vuelve...?

¡Papá...!

Cuando cansada regrese,

En tu calva albina hallará

Un lindo helipuerto tatuado;

Allí posará su aliento,

Y luego, muy calladita,

En mi brazo se dormirá."

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