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20 Abr

El viento golpea la tejavana de hojalata y un ritmo de acordes frenéticos e interminables, como si sonara bajo un tablao en noche oscura, desciende sobre el surtidor del arrabal. Negros jirones de bruma surgen a intervalos y mojan el pavimento resquebrajado.

En las aristas oxidadas de la bomba de inflado se han formado diminutos racimos de agua que caen silenciosos, casi furtivos, sobre la manguera enrollada.

Un vehículo se detiene y un muchacho entumecido, de mejillas arreboladas, se acerca a él. Dentro, en la párvula y fría oficina suena el teléfono. El encargado, un hombre de rostro atezado, como de asfalto, invadido de recelos y desconfianzas, levanta el auricular sin dejar de mirar la balumba de papeles que colman la mesa y la exigua estantería de madera cuarteada. Sostiene en su mano un sucio lapicero que ya ha perdido el color; con él va volcando sobre un libro de tapas manidas las cuentas del negocio; parsimoniosamente, sin sobresaltos.

Le llaman de la emisora de radio: quieren conocer el tiempo que hace en la localidad. Desde hace un tiempo —desde que comenzó a emitir la radio capitalina, en realidad— el encargado de la bomba —así la denominan todavía los más longevos del lugar—también se ocupa de dar la información meteorológica. Lo hace de favor, casi a regañadientes en un principio, doblegado por la tenaz insistencia del director y también por el presente que le hace llegar por navidades.

—Un brumacero arrecho; da miedo, mi niña —gruñe sin alzar la vista de los recibos y albaranes—. ¿El viento? ¡Humm! ¡Endiablado! ¿Eh...? ¿La dirección...? Cambiando, como loco. ¿Ahora...? Ahora, derechito al mar, ladera abajo. Eso es. ¡Ajá! Sí, creo: noreste, noreste. ¿La velocidad? Pues, yo diría que mucha. Los plásticos, vuelan que parecen gaviotines. ¡Date cuenta! ¿La temperatura? La temperatura...

Sin dejar el lápiz desliza el cristal de la ventanilla, saca la mano, justo por encima del maltrecho pluviómetro, la voltea y revira la cicatriz del labio. La bruma, se desborda en impaciencia e irrumpe en la oficina.

—La temperatura: unos siete grados y bajando —informa, con voz entrecortada. Cierra la ventanilla y se contrae en un escalofrío—. Bueno, mi niña, bueno.

Cuelga el auricular justo en el instante en que el muchacho entra con un billete de cinco mil pesetas.

—Seiscientas veintiséis.

El encargado alarga la mano, como un resorte, y atrapa el billete.

—¡Humm!, ¿no tenía uno más grande?

Lo dice por costumbre ya, por decir algo; por parecer siempre severo, siempre disgustado; por patentizar, quizá, su autoridad. Pero es la apariencia; los beneficios crecen y eso es lo importante, lo que le alegra la vida. Analiza el billete con ojos de solerte levita, por ambas caras, con reiteración, con mimo casi velado se diría, antes de abrir la gaveta. Aguarda paciente el empleado, aterido de resignación, mientras le siente trajinar en la caja gris: desconfiado y meticuloso. Cuenta y recuenta el cambio y cierra la caja con destellos de luminosa palidez, como si algo arraigara en los pliegues cicateros de sus mejillas. Antes de entregarle el cambio —primero las monedas, luego los billetes— lo mece con ternura punzante en las ásperas cunas que son sus manos.

Y prosigue su tarea cotidiana entre los papeles sin aparcar de la mente su otra función. Y es que sin aparatos como dios manda, ¿cómo quieren esos de la capital que uno les dé detalles cabales?

—Bastante hace uno —murmura mientras hace un fajo de recibos, que sujeta con un elástico ambarino.

No muy lejos del surtidor del arrabal, el técnico de meteorología del aeródromo también recibe una llamada telefónica. Es un hombre todavía joven, ya craso, y calmoso en los movimientos, igual que un hipopótamo atiborrado de hierba que busca un rincón de la charca donde dormitar. Nada le impacienta y cuando alguien le exige más dinamismo en la ejecución de sus cometidos, responde frunciendo los labios y palpándose el peritoneo:

—Abuelo me decía que las prisas no eran buenas.

Obra como si la situación aerológica, las isobaras o los anticiclones estuvieran convalecientes o hibernando en la lejana ionosfera. Además, a estas horas, la llamada es cruelmente inoportuna: se marchaba a tomar el desayuno. ¡Y eso era sagrado! Las tripas le gruñían destempladas, a ritmo creciente, desde hacía una media hora y no era bueno contrariarlas. No obstante, se quedó inmóvil, vacilante. El director andaba por allí; sentía su presencia: sombría y apolillada. Pero eso no le arredraba. Bueno sería. Pero como en la oficina de enfrente vio que Damián todavía permanecía en la silla, entretenido con algunos documentos, levantó el auricular. Ese gesto, nada complicado en apariencia, le ocasionó cierta dificultad, no exenta de dolor; su musculatura fofa y conservada en indolente salmuera, chirrió por el esfuerzo inesperado. Un rictus de amargura sediciosa estalló en los faldones de la sotabarba que se expandió hasta las infladas comisuras de los labios y se perdió entre los párpados medio abatidos.

Un vuelo imprevisto precisaba tomar tierra en el aeródromo y era urgente conocer la situación meteorológica.

—El tiempo está algo cabrón —informó sin rodeos, a cámara lenta, soltando bufidos — ¿Cómo...? Sí, sí, cabrón, cabrón. Yo no me arriesgaría. ¿Eh? ¿El viento...? ¿Nudos...? ¡Qué nudos! Baja cagando leches montaña abajo; atravesado que tumba. El hilo está tiesito que da gusto, no sé lo que parece. O.k. ¿En quince minutos...? ¡Estás loco, muchacho, esto no se arregla tan pronto! Mejor será una hora, por lo menos; si me apuras, dos. ¿Hipólito, me oyes? Te digo que cuando barre por la ladera, no lo endereza cualquiera. O.k., pero cuanto más lejos de aquí, mejor. Esto esta imposible.

Abandona la oficina palpándose el brazo y con un gesto desesperado conmina a Damián para que le acompañe. Ventea el tufillo de la cocina y con gesto tierno acaricia la desazón de sus tripas levantiscas. Con su informe preciso y concluyente nadie volverá a perturbar la cómoda mañana laboral. Tampoco el director que ya sentó plaza en una de las mesas frente a un café que humea aromas de rancia tranquilidad. La tranquilidad que otorgan lejanos y solitarios enclaves, donde el progreso entra a hurtadillas y las prisas se disipan en el mar.

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