Sábado, 7 de Noviembre 2026 

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25 Feb

Ya había oscurecido y regresaba a casa. Tenía prisa; también sueño. Había resuelto un fajo de expedientes atrasados y noté que el jefe estaba contento. Me sonrió cuando se marchó; incluso me dio unas palmaditas en el hombro. No le di mayor importancia; era un tipo muy inestable. Quizá mañana o pasado —o, tal vez, dentro de media hora— pasara por mi lado sin saludarme; o mirándome con semblante hosco.


Salí tras él y caminé hasta la guardería canina. Una ligera brisa agitaba los álamos y el cielo plomizo, que aún se divisaba tras los tejados, amortiguaba los ladridos. Me puse la chaqueta y arrojé la colilla sobre el césped recién cortado; profanándolo. Entré. Cinco minutos más tarde, salí. Comenzó a llover; suavemente.

Caminamos deprisa, sin protegernos del agua que lentamente nos empapaba. Bronco, mi calmoso y peludo San Bernardo, aunque ya había marcado parte de su itinerario habitual, no dudó en levantar la pata una vez más. Le dejé, sin inmiscuirme en su decisión; quizá fuera la última.

Descargó un chorro de orina amarilla y humeante sobre la moto que estaba parada a la entrada de la zona residencial, debajo de la farola. Al terminar, agitó la cola satisfecho y me miró como si buscara mi aprobación. Fruncí los labios y asentí; pero no dije nada más; soy parco en palabras y él lo sabe. Afianzábamos nuestra relación en silencios elocuentes, miradas de soslayo y suspiros compartidos; imbuidos en una libertad de acción sin objeciones. Esas eran las claves que compartíamos; y aún no se habían deteriorado.

El macarra estirado y engominado que fumaba en la puerta del bar tiró la colilla y la aplastó con la bota. Me miró con ojos de buitre hambriento de carroña; las pupilas parecían balas trazadoras hendiendo el aire mojado, jalonando estelas chispeantes. Hasta me pareció que alzaba los alerones de la cazadora, de cuero negro, como si fuera a despegar para una incursión de castigo.

La moto debía ser suya.

Bronco se había tumbado al lado, recostado contra la rueda delantera. "Es suya", me dije convencido; pero no retrocedí.

Y no me equivoqué. Vino a por mí. Me armé de indiferencia.

Me fijé en sus cabellos erizados: parecían agujas de puercoespín; pero, sin duda, más tóxicas. Se detuvo a un paso; su boca entreabierta, solo a un palmo. Hedía a tabaco y su aliento acre me vareó; pero me mantuve firme. Para contrarrestarlo, encendí un cigarrillo; con calma, como si quisiera achicharrar su furia. A la luz de la llama crecía su excitación. Por fin, rugió; con agresividad contenida, al principio; enseguida, arreció.

Trató de impresionarme con unas cuantas tonterías; yo deduje que semejante retahíla venía a ser como una especie de filiación de aquella máquina de dos ruedas. Se trataba una Bimota DB7 —Oronero, me pareció entender—, de seis velocidades y que le había costado más de 45000 euros; luego, farfulló palabras incomprensibles: motor Ducati bicilíndrico, frenos Brembo, suspensión telescópica de horquilla y no sé qué de un par motor y alucinantes wheelies; para concluir, ya fuera de sí, que estaba hecha con fibra de carbono y que la unidad de toma de datos telemétricos...

Yo fumaba en silencio, pensando que aún no había comprado nada para la cena y que mañana, antes de ir a la oficina, tenía que pasar por la estafeta de correos y también por la lavandería. En medio de aquel torbellino verbal me conminó a que la limpiara, que me hacía responsable porque su súper moto no era un poste para que mi perro se meara en ella.

Le miré como si realmente fuera un puerco espín. Le replique, sin excesivo entusiasmo, que no hablaba su idioma; y tampoco Bronco, añadí, señalándolo con un ademán. El macarra le miró con brevedad y el perro emitió un gruñido profundo, amenazante. Permanecía echado al lado de la moto, en actitud vigilante; envuelto en nube de vapor humeante; presto. La luz de la farola palidecía entre la carrocería de la moto y su pelo mojado.

Para Bronco —traté de explicarle con bastante desdén— ese artefacto solo era algo sin importancia; un montón de basura, añadí, y por eso se meaba encima. Al oír que llamaba basura a la moto, me pareció sentir en su pecho el crujido de los huesos; pero lo ignoré. Di la última calada y arrojé la colilla sobre el asiento de la moto. Fallé. Contrariado, negué con la cabeza; y señalé, a modo de excusa que él, mi perro, debía comprenderlo, no entendía de carrocerías ni cuestiones técnicas. A Bronco le tenían sin cuidado. Iba por otro camino, cerca del suyo, pero lo suficientemente alejado como para no encontrarse nunca con su hedor de humano absurdo. Cuestión de prioridades, concluí. Noté que sus ojos se habían vuelto ascuas y sus dientes, puñales. Al trasluz, se me perfilaron unos puños que despuntaban nudillos afilados, blancos de rabia. El impacto me pareció inminente. Tendría que dar primero, pensé.

— ¡Pero, tú..., tú sí entiendes! ¿Verdad?— chilló, casi enajenado, anegándome en un vaho candente y a la vez húmedo.

No me dolió nada decirle que se equivocaba. Mi perro y yo pensábamos de del mismo modo; formábamos un binomio estable y coincidíamos en lo esencial. Aunque organizada, la chatarra seguía siendo chatarra. Y que se equivocaba al pensar que su mundo era nuestro mundo. Éramos extraños y jamás nos entenderíamos. En cualquier caso, debía entenderlo, su máquina no le había pasado desapercibida; la había valorado como se merecía, por eso dejó su huella sobre ella.

Bronco, como para reforzar mis palabras, se levantó y volvió a mearse en la moto, pero del otro lado. Era como si tomara posesión de aquel desaguadero inesperado y en litigio. Creí ver en su actitud un brillo de provocación innecesaria; pero callé.

El filo de la navaja destelló. Di un paso atrás. Solté el puño y el tipo cayó sobre la acera.

Bronco sangraba por el costado, jadeante. La lluvia empañaba su ojos y un denso vaho se dispersaba entre los setos. Del cuello del macarra fluía una saliva viscosa; yacía inmóvil, casi oculto bajo el pelaje. Pensé lo peor. Me incliné y tiré de él.

Antes de alejarnos, descubrí el hilo de sangre que resbalaba por la cazadora y el brillo mate de la navaja, aún aferrada a su mano; clavada en el pecho. Eso me alivió.

Nos fuimos y le dejamos tendido en la acera; boca arriba, junto a la moto. Un débil estertor se ahogaba en la lluvia.

Antes de subir compré algunas provisiones.

Después de ocuparme de Bronco —solo tenía una herida superficial— decidí darme un baño. Estaba cansado y los párpados se me cerraban.

Bronco gruñó, movió la cola y, al rato, bostezó. Estaba de acuerdo; eso me dio ánimos. Le pagué con un hueso. Desde la bañera le oía ronzar con la vitalidad de siempre. ¡Qué gran tipo! Todo un héroe; eficaz, sin aspavientos.

Algo más tarde escuché una sirena; o, eso me pareció; pero estaba demasiado cansado para ver lo que sucedía.

Al día siguiente, el cadáver del macarra seguía allí, con los ojos abiertos la lluvia. La moto se la habían llevado.

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