El hombre, próximo a jubilarse, tiene la cabeza calva; tan pulida que parece un crisol dorado donde reverbera la claridad de la mañana y se palpan los moratones de buey apaleado. Un vaho de sudor se cierne sobre los largos y desmadejados tolanos; y otro reguerito sinuoso, casi furtivo, desaparece por la espalda, bajo las flores mustias y arrebujadas de su camisa raída, toscamente planchada para la ocasión. Voltea entre las manos la gorra negra, sus apéndices desgastados, y las punteras de sus zapatos de goma suben y bajan; simultáneas, sin sosiego.
Hoy, es lunes; el primer lunes del mes de Marzo. El hombre aguarda paciente. Le han dicho que acudiera a primera hora; lleva ya cerca de tres apuntalado en la orilla del sillón y nadie ha reparado en él. La semana pasada, los de Recursos Humanos le dieron la noticia, sin anestesia:
—La empresa ya no cuenta contigo, Bermúdez. Eres viejo y ya no rindes. Estás despedido.
Le entregaron un documento y tuvo que firmar.
Agarra el papel con temor, como si fuera un manojo de cables pelados cargados de electrones embravecidos. Le tiemblan las manos; también la voz:
—¿Y, don Fulgencio, lo sabe? Me conoce de hace mucho, desde que empezamos; cuando éramos unos imberbes.
Las risitas y comentarios burlones no le desalentaron; solicitó una entrevista. Se conocían desde los comienzos, hacía ya cuarenta años, cuando fundó la empresa. Ambos, tenían menos de veinte. Tenía que remediar aquella injusticia, aquel atropello. El presidente conocía su caso; incluso a su mujer.Tenía que intentarlo. Las cosas habían cambiado mucho desde entonces; también para ellos. Aunque el seguía siendo el mismo empleado de toda la vida.
Entra y sale gente sin mirarle, sin decirle nada; pasan compañeros, con la mirada huidiza, esquivos, como si fuera un macetón más, en aquel vestíbulo extraño, tan luminoso y frío. A última hora, cuando ya concluía la jornada matinal, la secretaria, le dice desde la esquina, sin acercarse:
—Vuelve mañana; el señor presidente no te puede recibir.
El hombre la mira apenas con ojos entrecerrados, atónitos de incomprensión; se incorpora, arqueado en un conformismo cobarde; y camina marcha atrás, como ese buey vencido y bien domado en que se ha convertido.
Al día siguiente, a la misma hora, el viejo trabajador aguarda en el mismo sitio. Nada ha cambiado: la misma claridad cegadora del vestíbulo, el mismo fragor de pasos agitados; la misma indiferencia de los que pasan. La misma secretaria, fría y ausente, tras la enorme pantalla.
La misma resignación.
A última hora, las mismas palabras; el mismo desdén.
Y así, el miércoles; también, el jueves.
Es viernes y todavía no ha visto al presidente; sin duda, hoy hablará con él.
—¿Puedo entrar, ahora? Don Fulgencio me conoce desde hace cuarenta años; desde que empezamos.
En vano, se molesta. La secretaria trajina en su mesa; lejana e inclemente como una ráfaga de viento que azota la colina. Sin mirarle, le indica la puerta.
—El presidente está de viaje.
El viejo ya se había levantado y permanece rígido como un mojón resquebrajado y torcido. Perdido en una linde que el tiempo ha condenado. Sabe que le mienten, sabe que está en el despacho; tras la enorme mesa oscura. Ha escuchado su voz; su voz quebrada y su risa, que ha perdido la franqueza.
Al volverse, ya bajo el quicio de la puerta, vislumbré las chispitas de sangre que se ahogaban en el mar de sus órbitas empañadas.
Me acerqué. Le ofrecí el consuelo de los desesperados, de los desahuciados. "Estás acabado", le advertí con franqueza. "¿Qué va a ser de ti? Una retirada a tiempo...".
Vaciló. Era un hombre viejo, carente de imaginación; sin libertad; esclavo de sus necesidades. Su vida mísera le impedía alzar el vuelo definitivo.
—A su momento. Mi mujer está muy enferma, me necesita; no se puede mover de la cama.
Me dijo, calándose la gorra; sin dejar de mirar las cápsulas,
Ambos necesitaban la liberación; ella, no tenía remedio para sus dolencias; pero él se empeñaba, ciego. No supe que esperaba de la vida, pero supe que aún creía en los milagros. Insistí: "Morirás; los dos moriréis hundidos en la miseria y la indiferencia; sin dinero, sin ayuda, reventaréis de sufrimiento ¿Aún esperas que alguien se apiade de ti? No seas iluso".
—¡Que sea lo que Dios quiera! Pero nunca me quitaré la vida y menos a ella. ¡Qué se ha creído!
Temí abandonarme a la frustración, a la impotencia. Le ignoré. Era una bestia de carga, avezada a las mataduras. No quise ser testigo de una tortura absurda que no comprendía.
Y tras los arbustos, le perdí; aunque el rumor de sus pasos tambaleantes siguió golpeando en los muros del edificio; como puñaladas. Largo rato.
Eugenio F. Murias