¡Cómo te echo de menos, Adolfo! Los tiempos han cambiado y las cosas ya no pintan como entonces. Hiciste bien en retirarte; siempre fuiste un tío listo. Había mucho buitre merodeando. Les distes en las narices, con dos cojones. Debería hacerlo yo también, ¿no te parece? Como el Emperador, porque mi antepasado Felipe V tenía otros planes. Pero no encuentro un monasterio que me convenza, ja, ja, ja. Lo mío no es ora et labora. Aún me tientan esas cosas que tu sabes. No tengo tu temple, ni siento las relaciones de pareja como tú. Ya conoces a los Borbones... A ti, el poder no te corrompió, te fuiste a tiempo; pero a mi, con los años, me ha tentado, no te voy a engañar. Ya sabrás lo de mi yerno. No, ya solo tengo uno. Elena, la mayor, se me ha separado. Como te decía, la cosa está fea; el pueblo ya no se calla, me critican; y con razón, ¡oye! Esos periodistas cada vez hurgan más, no se hartan. Tú y yo tuvimos desavenencias, no lo vamos a negar; ¿Qué amigos no las tienen? Pero supimos limarlas. Pero de ahí a levantar infundios... Y sobre todo cuando tú ya no estás... Yo nunca he sido como mi abuelo, pero con los militares siempre me he sentido a gusto. Salvamos al país, pero no dejan de escarbar. Quieren carne para los leones, Adolfo. Los españoles no tenemos término medio. Damos bandazos y no sabemos ir por la vereda. Siempre queremos lo que no tenemos. Cuando hay dictadura, quieren democracia; cuando hay monarquía, república. Yo creo que ya no tenemos proyecto común; cada uno va por libre. A ti te lo puedo decir en confianza.
Pero uno no está acostumbrado a esas cosas. Antes me respetaban. ¡Coño, si ya pedí perdón! ¡Lo nunca visto! Pero no quiero cansarte con mis cosas. Además, lo de Iñaki está sub judice. ¿Crees que debería abdicar? Felipe está muy preparado, ya lo sé. Mejor que yo, no hace falta que me lo digas. Pero, hombre, que me ha costado mucho llegar para dejarlo. Y tú lo sabes bien. Cada vez hay más críticas a la Corona. Estoy atado, Adolfo; atado; soy un rey marioneta. Ahora me controlan hasta los gastos. No sé si mi nieta Leonor llegará a reinar. La cosa está delicada. Felipe no creo que tenga dificultades; sintoniza bien con el pueblo. Ha cambiado.
¿Y qué te parece lo de Cataluña? Después de lo que transigimos y les dimos... Son unos ingratos y unos desleales. Creo que andan desorientados. Veremos a ver en qué para todo esto... A mí ya me pilla demasiado viejo... ¿Mariano...? ¡Qué quieres que te cuente! Tú bien conociste a los gallegos. ¡Y este no lo es menos! Qué tiempos, los nuestros. Los políticos erais de casta, comprometidos ¡Cómo te echo de menos, Adolfo!
Oye, ¿y , a Amparo, cómo las has visto? Al fin, juntos. No sabes cuánto me alegro. Siempre os llevasteis bien, como dos piñones; y algo de envidia me diste. Pero bien, oye. Yo siempre fui un veleta en ese sentido. Me ha gustado probar, pillar de aquí y de allá. Nos viene de casta, no es fácil cambiar; los genes te marcan, es el sello de los borbones. ¿Sofía y yo...? Ya sabes: como el agua y el aceite; yo arriba, ella abajo; ella que entra, yo que salgo; ella, clásica; yo, popular. Podíamos habernos complementado; pero las cosas vinieron así.
Aquí vas a estar bien. Has elegido un buen sitio. Me han dicho que esta catedral es la primera de estilo gótico en España. Lo que no me gusta mucho es que te hayan colocado al lado de un republicano, ¡je, je! Si ya sé que eres un amigo leal. Pero, ojo, que esos izquierdosos nunca pierden la oportunidad.
No sé si volveré a verte, Adolfo. Los años se me echan encima y con tanta caída los huesos apenas me sostienen. Parezco un mecano, como me dicen mis nietos. Quien sabe si desde el Escorial, algún día, sin que a nadie le importe ya, podamos vernos y charlar. Tampoco estaremos tan lejos. En tierras de Castilla, como decía Machado; en el corazón de España. O, de lo que quede.
Oye, Adolfo, ya oigo la escolta. Me tengo que ir. Dale un beso a Amparo y tú, cuídate mucho; la humedad y el frio son malos a nuestra edad. Adiós, Adolfo, sabes que no te olvido. ¡Ah!, y mucho cuidado con don Claudio, ¡je, je!
Eugenio F. M.