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24 Mar

En la vida, las realidades no acostumbran ser únicamente de color blanco o negro. El matiz cromático es variado; aunque, a veces, la sencillez se impone y no hay más alternativa que decantarse por uno de ellos. Hacer malabarismos y arquitectura barroca con razonamientos planos no conduce a nada. Lo simple es lo maravilloso, lo grandioso.
Se habla de escepticismo –agnosticismo, si lo referimos a la religión- cuando los argumentos a favor y en contra sobre determinadas cuestiones se equilibran, y se hace muy difícil o imposible tomar una decisión. Pero eso ocurre en asuntos o temas muy escabrosos. Y, posiblemente, en esas circunstancias se imponga la abstención como respuesta a la incapacidad mental.


En la vida cotidiana, en los asuntos que ordinariamente se tratan en consejos, reuniones o juntas, las cosas no suelen ser tan trascendentales o filosóficas; por ello, es difícil entender, ante una propuesta bien razonada, que se produzca la abstención a la hora de emitir el voto. A no ser que escondan sesgadas –por no escribir pérfidas- intenciones.
Si en una reunión municipal, pongamos por caso para ilustrar lo que trato de exponer, se debate la propuesta de construir un viaducto para salvar un desnivel considerable, que su coste se detalla puntillosamente y se dispone de los recursos necesarios, que los beneficios para la población son evidentes, etc., etc. ..., el proyecto parece necesario, además de viable. Como es preceptivo, se concede la palabra a los asistentes que la solicitan y, finalmente, se procede a la votación. La cuestión no parece complicada y la mayoría de los asistentes votan a favor. Tan solo uno dice no; y otro, se abstiene.
El que vota en contra, argumenta que no lo considera un asunto prioritario en la situación actual -cuando la coyuntura cambie, lo vería factible- y propone destinar el dinero para asuntos sociales.
El que se abstiene, no argumenta nada; frunce los labios y mira de soslayo, incómodo. Posiblemente, tenga un mal día.
Como espectadores sin voz y sin voto, puestos a considerar esta última postura, tampoco apreciamos razones, ni siquiera indicios, que le lleven a abstenerse. ¿Por qué lo hace? Quizás sus motivos se nos escapen. Se construye el viaducto o no se construye ¿Es tan complicado? Tertium non datur, se llama en lógica aristotélica.
Al levantarse la sesión me acerqué a la persona indecisa, dubitativa. Le conocía y fui al grano. Le dije que me había tocado el tercer premio de la lotería, que si quería tres mil euros. Como un papanatas, se quedó clavado en el vestíbulo, mirándome receloso. Movía la cabeza igual que el periscopio de un submarino en estado de máxima alerta; aunque a mí, me parecía una gallina atemorizada. Me sofocaba con el ardor febril que le chamuscaba las mejillas y me exacerbaba el chisporroteo de sus neuronas. A escasos metros, un empleado abrió el panel de anuncios, retiró unos papeles, colocó otros y cerró. Algún tiempo después, el hombre indeciso, masculló: "Me abstengo".
Y es que le faltan argumentos suficientes para decidirse; para cogerlos o dejarlos. Durante aquel lapso fui capaz de leer su pensamiento:
"Si los cojo, puedo hacer esto y lo de más allá; comprar aquello y lo otro; incluso ahorrarlos, invertirlos; sacarles provecho. Pero si no los cojo, me evito problemas; me puede acusar de habérselos quitado; incluso de aceptar sobornos. Los de la oposición se pueden enterar. No sabré qué hacer con ellos; puede ser hasta una broma o una trampa, que es peor. ¡Ah! me volvería loco... ¡Dios mío, ayúdame! ¿Qué hago?".
Los motivos de este ser dubitativo parecían equilibrarse; en consecuencia, se veía incapaz de tomar una decisión.
Antes de despedirme, nos detuvimos; frente al bar.
-¿Le apetece un café?
"¡Un café! Pero si yo no bebo café... ¡Cómo me va apetecer! Y menos a estas horas ¿Qué le digo? No parece mala idea, aunque, igual no me sienta bien; pero tampoco es cuestión de ofenderle. Si no se lo acepto, le puede parecer mal; casi seguro que piensa que soy un estirado. Realmente, tampoco me apetece mucho; nada, en realidad. La gente dice que el de este sitio es muy bueno; aunque yo nunca lo he probado. Sí, sí, demasiado fuerte; eso, dicen. Luego, el estómago... No tenía que haber entrado. En fin, ya que estoy...; por una vez..."
-Pues sí, sí: un café -responde, al cabo de dos o tres minutos de un sopesar doloroso, obstétrico.
-¿Solo, con leche ...?
"¡Uf! ¡Vaya! Solo, es más perjudicial, me puede sentar peor. Igual me dan ardores; o eructos; vete a saber. A gente le pasa ¡Puf!, y luego tengo comisión... La leche dicen que es cancerígena, que no se debe tomar a ciertas edades. Yo, aún no soy muy mayor; pero..., mejor prevenir. ¿Y si pido también un dulce?; igual me viene bien y no me hará tanto daño. Pero, no; sin duda, pensará que soy un aprovechado, un gorrón. Si tuvieran desnatada..., o, de soja, quizá. ¡Ah, ya lo creo!; mejor, una menta-poleo o una manzanilla; incluso un té. ¿Pero cómo me voy a volver atrás? ¿Qué pensará de mí?...No puedo, imposible. Ojalá no hubiera entrado".
-Lo mismo que usted –me dice cuando ya había apagado mi segundo cigarrillo.
Pedí dos cafés.
Me sirven el mío.
-El suyo, tiene que esperar unos minutos, maestro; se está moliendo el grano ¿Prefiere un descafeinado? ¿Manzanilla, té, menta poleo...? ¿Chocolate, quizás...?
El empleado le enfila con una mirada vertiginosa, de operario espoleado por las urgencias laborales. Le irritan las divagaciones mentales de aquel ser indeciso que se retuerce la barbilla. Le abandona.
Podríamos pensar, dada su actuación, que esa persona dubitativa constituye un problema en sí misma. Su carencia de octanaje –su indecisión- le aleja de los mesteres donde se resuelven asuntos de responsabilidad.
A favor o en contra; sí o no. No es tan difícil. Usen la cabeza, para eso están en puestos de responsabilidad. Y dejen la filosofía para mentes más incisivas.

 

Eugenio Fernández Murias

 

Modificado por última vez en Miércoles, 09 Abril 2014 20:08
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