"Pues que vengan los del juzgado aquí. ¡Qué..! ¿Me estás diciendo que la infanta no puede declarar en Zarzuela? ¿Desde cuándo? Entonces que vayan a Marivent. ¿Tampoco...? ¡Qué clase de rey soy! ¿Me lo quieres explicar? Yo lo sé. ¡No estoy de humor, Paquillo! Te lo diré, igualmente. Mira, lo mejor es que vaya en globo. ¡Llévate a este loco! Escucha: entre las cuatro y cuatro y media de la madrugada, lo tengo comprobado, las calles están vacías. Los noctámbulos ya se han ido y los que se levantan temprano, aún duermen. Es la mejor hora, te lo digo. Nadie verá a tu hija. No me fío. Esos periodistas son incansables. Es imposible darles esquinazo; levantas una piedra y sale una docena. Desde luego, sería muy arriesgado, majestad; además, en invierno, las condiciones meteorológicas... ¡Pues a ver qué hacemos! ¿Cuánto tiempo nos queda? ¡Calla, Paquillo! ¿Dos semanas...? Suficiente. ¿Sabes que te digo, rey?; que tires de pico y pala. ¡Basta de tonterías! Deja que se explique el bufón, señor, a veces las mentes simples... ¡Mente simple...! ¿Te refieres a mi, cortesano? ¡Vamos, vamos! No le entres al trapo, hombre. ¡Paquillo, termina ya! La cosa es sencilla: cava un túnel desde Marivent al juzgado. ¿Qué haces cebando a esos etarras en la cárcel? ¡Dales tajo! Bueno para ellos, bueno para ti. Eso no tiene pies ni cabeza, Paquillo. Pues lo único que se me ocurre, entonces, es que vaya andando, como cualquiera; si no tiene nada que esconder, qué miedo puede haber..."
Un brusco frenazo me despertó. Pensé que era la policía, que el sueño me había delatado. Pero iba solo en el vagón del metro; no había visto a la mujer que dormitaba en la otra punta, cubierta con una manta. Faltaban diez minutos para las cinco. La cabeza me daba vueltas, como si estuviera en un carrusel.
El móvil vibró. No encuentro las llaves, ¿puedo ir a tu casa? Vale, te espero en el portal; no tardes. Le había pasado más veces. Lidia era así. Apenas abrió la boca en toda la noche; creo que discutió con Dani. Habíamos estado en el Coto del Diablo y en algún momento hablamos de la imputación de Cristina de Borbón.
Javier se quedó pasmado cuando le dije que ya no vivíamos en la edad media. Eso ya lo sé. Pues a mi, a veces, me lo parece; por lo menos en lo del rey y todo eso. ¡Explícate! Muy simple. Tenemos rey porque queremos tenerlo, ¿no?; y le pagamos para que nos represente. Y si no cumple como Dios manda, que se vaya. Elena y Cristina, ¡qué coño pintan! ¿Por qué tienen escoltas y privilegios? Que se busquen la vida, como cualquiera. Estoy de acuerdo. Blanca siempre fue más progre. Si esa tía tiene que ir al juzgado, ella sabrá por qué. Allá ella. Que de la cara, que responda y asuma sus actos; como cualquiera. ¿Por qué tiene que ser noticia que una infanta declare ante un juez? La noticia es que aún existan reyes y príncipes. ¡Ya te digo! Cuando se habla de progreso somos más lentos que los koalas.
Nos sentamos en los butacones. Sí, desde luego. Ángela, pensaba igual. Todo es una mierda. Dicen que la justicia es igual para todos. ¡Ja, ja, ja...! ¡Je, je, je...! ¡Ji, ji, ji... ¡ ¡Jo, jo, jo...! ¡Ju, ju, ju...! ¿Sabéis lo que le pasó a un pobre hombre, delante del juez? Un capitalista insolente le asestó un bastonazo y le partió la oreja. El hombre le denunció y fueron a juicio. Cuando ya habían declarado, el juez, mirando al pobre, dijo: tiene usted razón, pero por lo que estoy viendo se la tengo que dar a este señor. ¿ Y qué vio? ¡Joder, Agustín, a veces, pareces bobo! El ricacho le estaba dando un buen fajo de billetes por debajo de la mesa. Con un argumento así, cualquiera se echa atrás. Ahí está el problema, Javier. Tenemos que acabar con los privilegios. Esa gente tiene demasiado poder y mueven muchos hilos; son intocables. Blanca pidió otra ronda. El único privilegio es que les dejamos reinar; ése es el privilegio.
Salimos a bailar; pero Ángela siguió machacándome; tirando de historia. Era lo suyo. ¿Sabes lo que dijo Bossuet? ¿El obispo francés...? Dijo que el rey es sagrado y atentar contra el es un sacrilegio. ¡Qué gilipollez!, ese tío estaba grillado. Muchos estaban de acuerdo con él, pero desde que los ingleses le cortaron la cabeza a Carlos I y los franceses a Luis XVI, se acabó aquello de que la realeza procedía de la divinidad. Esa gente tuvo un par de huevos, Agustín. Más que nosotros. Desde luego. Antes de que lo decapitaran, en Whitehall, alguien gritó: No hay hombre sobre la Ley. Estoy de acuerdo. Nos sentamos. La gente todavía se acojona cuando se habla de realeza. Nos han educado así, ¿qué quieres? Pues ese invento se tiene que acabar. No es tan fácil. ¡Olvídate, Javier! Son como nosotros. ¡De eso, nada! Deberían serlo. Ahí, le has dado, Blanca. Lo que ocurre es que están muy mal acostumbrados.
Salí con Ángela. Mira, nosotros nunca aprendemos. En la constitución, pusimos que la persona del Rey es inviolable, que no está sujeto a responsabilidad. ¡Tócate lo huevos! Nos despedimos. Seguí solo. Ella bajó del metro; tenía que hacer trasbordo.
El vagón se detuvo y entraron dos de seguridad. Ni me vieron. Iban por la mujer. Le quitaron el blíster de yogur que llevaba debajo de la manta. Y se la llevaron. ¿Qué ha hecho? Esta rata nos tiene más que hartos. ¿La lleváis a comisaría? Me miraron como si hubiese dicho una gilipollez. Puedo pagar los yogures. ¿La conoces? Se cruzaron nuestras miradas; la suya, bajo un revoltijo de pelo. La soltaron. Has tenido suerte, pero ándate con ojo. Se fueron los seguritas y la mujer se sentó en los peldaños. ¿Quieres? Se tragó el yogur casi de golpe. Subí las escaleras, olvidando su boca con grumos blancos. Afuera, helaba. Eres un buen tío. La mujer también había salido; se llevó otro yogur a la boca. Se limpió y los grumos se quedaron en la manga. Lidia me hizo señas desde el portal. La mujer dejó de sonreír, como si se hubiera llevado un chasco. Bajó la escaleras y desapareció. Me froté las manos y eché a correr bajo una nubecilla de vaho.
Eugenio F Murias