Pero hay otros que, al albur de este efecto llamada, se han colado por nuestras fronteras (con el disgusto y descontento de la Unión Europea que nos dio un tirón de orejas por la regularización masiva y sin estudio previo) muchas personas a las que no les ha interesado o no han podido arreglar sus papeles, pero que tampoco han mostrado afán por marcharse, sino que se han quedado aquí aprovechando las rendijas de nuestro sistema social para acogerse a ayudas económicas, educación de los hijos o atención sanitaria.
Evidentemente, los fondos duran lo que duran y a día de hoy son muchas las regiones que no pueden costear la atención sanitaria, pero no sólo a esos 'sin papeles', sino incluso a quienes también están pagando religiosamente la Seguridad Social. Porque, ésta es buena, hay a quienes les están diciendo (y pongo el ejemplo de la Comunidad de Madrid) que los análisis que se hacían tradicionalmente una vez al año que vayan pensando mejor en hacérselo cada dos (o tirar por lo privado) porque es que, sencillamente, no hay más parné.
Eso sí, hay que dejar sentado que no se dejará morir a nadie, tenga o no tenga papeles, pero por supuesto se quiere cortar ya el grifo a unas consultas masificadas donde el inmigrante de turno pretende que le traten by the face una serie de enfermedades contraídas en su lugar de origen y que allí, por falta de medios, nunca pudo tratárselas. Algo así es lo que también ha sucedido con el llamado turismo sanitario, donde vejestorios belgas, alemanes, ingleses u holandeses han estado recibiendo tratamientos carísimos a coste cero, precisamente porque su sanidad es mucho más cara y en España, como parecíamos la ONG mundial, hemos estado dando euros a céntimo y así nos ha ido.
Juan Antonio Alonso Velarde