El tañido de la campana iba menguando; descarnado; abajo, en la sombreada ladera.
-Sí, Carmelo, como puedes ver, el gentío es impresionante; no tengo palabras. Y es que la fallecida era muy conocida en la localidad.
Realmente, no pasarían de doscientos los dolientes que formaban la comitiva.
El reportero, y la muchacha morena que grababa la escena, permanecían apostados a media ladera. Desde los lejanos estudios les daban paso para que informaran del acto.
En directo, señora, para Teleadictos. ¿Cómo se encuentra? ¿Conocía a la víctima? -preguntó el reportero, infiltrándose en la comitiva, a escaso metros del féretro.
-Era mi hermana.
- ¿Y cómo se siente?
-¡Figúrese, usted!
-¿Van a denunciar el asesinato?
-Bueno, no sé; en estos momentos...Aunque pienso que...
-Qué sentido tiene, cuando acaba de tirarse por la ventana.
Añadió el hombre que la acompañaba, encogiendo los hombros.
Al parecer, ambas fallecidas mantenían una relación estable; desde hacía unos meses. Una áspera discusión, según los primeros testimonios, desembocó en el apuñalamiento de su pareja y posterior suicidio de la agresora. Sin duda, un caso más de violencia de género, según la policía.
-Ya no se respeta nada, joven. Antes, el género se vendía sin violencia, con respeto. He sido comerciante de paños y se lo que me digo.
El anciano se calló; el sofoco le impedía seguir.
-¿Dónde está el género aquí? Si las dos eran hembras y bien hermosas, aunque equivocadas.
- Un poco machorra no me negarás que era, Dacio.
-Reniegan de los hombres y ellas son peores.
-Josué, ¿sería posible arrancar unas declaraciones de la fallecida? ¿Te puedes acercar?
-Lo voy a intentar, Carmelo, pero la cosa está difícil... Ya ves cómo está esto. Me dicen que algo más arriba hay un rellano, que hacen un descanso. Tal vez sea el momento.
-Pídeme paso, cuando lo tengas. Sabes que lo importante es contrastar.
Y bien que lo sabía. Y es que unas semanas atrás, Josué y su compañera, habían presenciado a un prelado exorcizando durante su viaje pastoral. El niño poseído, sustentado por los brazos de la madre, tras un severo conjuro, seguido de la imposición de manos, había emitió una especie de aullido. Los asistentes juraron ver salir a tres diablillos y desaparecer por las estrechas callejas. La madre, por su parte, sintió que el niño había perdido peso; y el prelado, enjugándose el sudor, reconoció el éxito de su acción. Quizá fueran conjeturas o visiones de los presentes; el caso fue que la noticia no se puedo contrastar. La repentina fuga de los traviesos inquilinos dio al traste con la noticia. Josué y su compañera, espoleados por el rigor de la información, se lanzaron tras ellos. Sin resultado. Los intrusos, según relató una vecina desde el balcón, se habían colado dentro de unos gatos, los cuales se dieron a la fuga por los tejados; como locos.
-¿Buscan a los diablillos? Pregunten a los pobres gatitos –les había dicho.
Jonás estuvo a punto de atrapar a uno de ellos, pero se asustó al percibir la llamarada que despedían sus ojos. Su compañera relató más tarde que sintió escalofríos al tocar los pelos del minino endiablado; incluso, aseguró escuchar como unos extraños gruñidos, impropios de un felino.
Era preciso en esta ocasión, por tanto, arrancar unas declaraciones a la fallecida; estaba en juego la renovación del contrato, su autoestima; su profesionalidad. La comitiva seguía su avance lento, tedioso. Los reporteros rebasaron el féretro y se parapetaron en el rellano, cerca del último tramo de la cuesta; al lado de una tienda de comestibles. Un loro de mirada penetrante observaba la llegada del féretro. Luego, comenzó a moverse; inquieto. La meseta donde apoyaron el ataúd quedaba a escasos metros de la jaula.
-¡Socooorro, socooorro!
-¿Qué tienes, mi niño? ¿Por qué me llamas? ¿Estás cansadito? Bueno, bueno, ahora te atiendo. ¿Te queda agua, mi lindo?
La voz de la dueña, desde el interior, lejos de calmarlo, le avivó.
-¡Socoooorro!
-Ya voy, no seas impaciente. ¿Qué quieres?
Salió la mujer, rascó la cabecita del animal y descolgó la jaula.
-¿Qué tienes, mi niño? Socorro está aquí, sosiégate. Ah, te asusta la gente, ¿no es verdad? Tienes razón. ¡Menudo gentío! ¿Quién se habrá muerto? –se preguntó, al reparar en el féretro.
Los gritos de socorro habían causado un efecto disuasorio entre la comitiva y muchos se habían dispersado, con el miedo en el cuerpo. Se corrió la voz de que la muerta estaba viva, que había hablado. Pudo más el temor que la curiosidad. No así los reporteros. Con la sagacidad habitual intuyeron que allí estaba la noticia. Se echaron sobre el ataúd con el ánimo de abrirlo; de cazar la noticia; diseccionarla.
-¡Está viva, está viva! -chilló Jonás-. ¡Hay que sacarla de ahí! ¡Luisa, acércate con la cámara! Llama a Carmelo. ¡Rápido!
-¿De qué hablas chiflado? ¡No ves que ha sido el loro! –exclamó uno de los porteadores, señalando hacia la tienda. La dueña, en ese momento, se llevaba la jaula al interior.
-Chico jaleo has armado, mi lindo. Vamos para dentro, que esos locos nos comen. ¡Corre!
Entró y cerró la puerta del establecimiento.
-¡Coorre, coorre! –se oyó desde el interior.
Jonás se quedó boquiabierto. La comitiva, pasada la confusión, se había congregado de nuevo; apaciguada; entre murmullos. Los porteadores, alzaron el féretro y atacaron el último repecho, hacia el cementerio.
-¡Tannnn...!
Sonaba la campana al fondo de la ladera, en los primeros hervores del crepúsculo.
-¡Taaan, taaan!
Repetía el eco; desde el interior.
La comitiva se perdió en el recodo. Los corresponsales permanecieron apoyados contra el rellano; abatidos.
Un hombre pasó frente a la jaula, que de nuevo estaba colgada en la fachada.
-¡Hola, lorito! –saludó, sin detenerse.
-¡Hola, loritooo!
-¿Qué quieres, ahora?
-¡Socooorro, socooorro!
Pero la facundia del animal no sirvió para levantar el ánimo de los reporteros. Al contrario. Se alejaron, lanzando mudas maldiciones que se abatían sobre un manto de plumas verdes y gualdas; reflejando sus temores en las ambarinas y diabólicas pupilas.
Eugenio F. Murias