Allí estaba, como si nada hubiese sucedido. Sin embargo, yo era presa de una inquietud, de una desazón que no lograba arrinconar. Pero se me mostraron tan sinceras su cabriolas y tan franca su actitud, que pronto la desleí. No hallé en su mirada resentimientos ni resquemores. Y recordé, vagamente, que en sus genes no anidaba el rencor. Era un ser superior, liberado de las impurezas que desdoran la bondad humana. Hice solo lo que puede hacer un ser racional obsecuente a su conciencia: lamentar los errores y hacer propósito de enmienda. Se diría que el portero, en su duermevela, escaneaba los vaivenes de mi conciencia, pues las guedejas de su mentón se agitaron como flecos de túnica.
Y como si de una penitencia se tratara, me arqueé dolorido. Mi perrito ya no era mío; el anciano de cejas deslavazadas y mano paciente, se me había impuesto. "¡Traidor!", farfullé en mis entrañas. Aunque enseguida recordé que Lincoln no sabía de dilemas; me miró con una mirada neutra, de juez imparcial, que sentenciaba la levedad del tiempo; y el mío había pasado. Agitó la cola en una breve despedida y luego, se echó al fresco, junto a las sandalias del viejo.
Fue una sencilla lección. No hay fidelidad eterna. Pero el caso es que yo nunca le había maltratado, ni siquiera reconvenido. Solo estaba dolido porque se había marchado de mi vera. Pero ascender hasta aquel espacio incoloro y aséptico, donde el silencio radiografiaba mi conciencia para constatarlo, me causó un pesar indefinido; nada etéreo.
Cuando me desperté seguía solo. Un buen rato después de que el sol invadiera mi dormitorio recordé que Lincoln había sido envenenado. Hacía ya un par de meses. Pero no sabía vivir en la ausencia; con el recuerdo. Sin él, sin el revuelo silencioso que alimentaba mi vejez. Vivía asilado, huérfano, aguardando sus pasos; su mirada atenta, sus jadeos en el estío y el tenue vaho en el frío del invierno. En las madrugadas insomnes, al pie de la cama, su paciente resuello marcaba los minutos de vela, mientras esperaba el alba redentora.
Cuando le encontré muerto —vino a morir junto al peldaño de la entrada— su torpeza me irritó; lejos de acariciar su pelo ya hirsuto, mi severa mirada se perdió en el brillo apagado de la suya. Después, bastante después, cuando le iba cubriendo, bajo las ramas susurrantes del nogal, unas lágrimas rebotaron como latigazos en un pedazo de tierra refractario de cuidados.
Y cuando las primeras gotas de lluvia restallaron sobre sus huesos aun tibios, supe que mi tiempo en este mundo había terminado, que mis pasos se negaban en una terquedad inexpugnable. Supe que mi sitio estaba a su vera; como siempre. Y eso lo supe por el viejo de las sandalias: no asimilaba que me usurpara a mi compañero del alma.
Y una tarde, cuando la niebla del crepúsculo embozaba el herbazal, me llevé a la boca la cápsula que el caminante me había ofrecido, justo el día del entierro; cuando más atribulado me hallaba. Su mirada cauta y perspicaz supo de mi angustia, de mi urgente redención. Supo de mi orfandad, de la soledad imposible que me aguardaba.
Enseguida, me eché junto al tronco, al lado del párvulo túmulo; y me dejé ir, sin prisas, sin angustias urgidas, hasta que el sueño me venció; sobre la tumba, mientras me deslizaba furtivamente por el umbral de los sueños; aterido de celos.
Eugenio F. Murias