Martes, 27 de Octubre 2026 

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28 Nov

El día del entierro de Toribio llovió a cantaros. El fallecimiento, largamente esperado, vino a ser una catarsis; el baño purificador que aguardaban los miembros de la familia. La muerte de Toribio los liberó de traumas, ataduras e inhibiciones. La presencia del viejo, su mirada de censor emérito, maniataba sus actos; también sus pensamientos.
Aquella noche, su nuera Marisa se acostaba con el hermano de su marido. Las lágrimas y las penas, si las hubo, se diluyeron bajo la techumbre de madera de la vetusta casa familiar; al ritmo trepidante de las gotas de lluvia; de los sobresaltos de un somier quejumbroso y deshabituado.

León siempre se fio de su mujer, la madre de sus hijas Clara y Gloria. Dio en pensar que esas cosas –los cuernos, como la gente lo llama- le pasaban a otros, no a él. Cuando un vecino le advirtió de que Fernando se trajinaba a la cuñada, se liaron a navajazos; en el rellano. Ambos salieron malheridos; León en el antebrazo y el vecino en la mejilla. Pero los hermanos, lejos de enemistarse, asumieron la realidad, los hechos consumados. Hermano, yo ya me la gocé bastante; ahora, te toca a ti. León continuó viviendo en la espaciosa casa, en la planta alta; la inferior la ocupaba su hija Clara. El viejo así lo había dispuesto. Fernando y Marisa alquilaron una casa terrera, a las afueras, sobre un promontorio que se asomaba a la ría. Juana, no permitió que su ex marido se quedara con la vivienda; liberal, sí; pero tonta, lo justo.
Clara tenía un hijo con Hilario, un camionero enjuto y lengüilargo. Las cosas entre ellos eran una marea de tiras y aflojas; de olas grises, sin espuma, achubascadas añorando el sol. Después de dejar a Alberto en el colegio se fijó en el militar, en su porte fornido. Iba con la gorra en la mano. En un momento, se volvió y se miraron. No saltó ningún chispazo, ni se le empañaron los cristales de las Ray-Band; sin embargo, sus vísceras se alteraron. Fue como un chisporroteo, similar al de un cable pelado bajo la bruma. Cuando llegó al coche, vio que una rueda esta desinflada. Por suerte, el militar aún seguía en el estacionamiento mirando unos papeles. Le pidió ayuda, sin rodeos. Mientras faenaba, Clara observaba el incipiente sudor que comenzaba a rezumar a través de la camisa blanca. ¡Qué músculos! Cuando acabó, le dio las gracias con una sonrisa. Fue un breve encuentro, casual; con las palabras precisas. Pero en la mente de Clara hubo un cambio; la alteración visceral mutó a un sutil revoloteo de mariposas; de mariposas blancas salpicadas de lunares turquesas.
Pasaron algunos días sin que el teniente de navío apareciera por el colegio. Un viernes le vio de nuevo. El oficial no era el padre; pero acudía algunas veces a recoger a Matildita, la hija de la viuda de un compañero recientemente fallecido, al ser golpeado por una grúa durante la maniobra de atraque.
-La madre trabaja en una inmobiliaria y no siempre puede venir a buscarla.
Para eso están los amigos, pensó Clara en la terraza del bar. Llevaba el pelo suelto y lo labios pintados de malva, igual que los zapatos. Él, fumaba; con ademanes elegantes, de caballero anclado en un tiempo ya lejano. Un turbio pensamiento la sobrecogió. Seguro que se acuesta con ella; como si lo viera. Pero se equivocaba. La relación del oficial y la viuda se basaba en una simple y hermosa amistad. Aunque, para no desvirtuar los hechos, conviene tener en cuenta que antes de que ella se casara, habían tenido una relación; breve, pero intensa.
Espoleada por unos celos absurdos e infundados, pensó la manera de cazar al militar; de arrebatárselo a la viuda. No era maldad, sino necesidad. Necesidad de poner remedio a su insatisfecha vida conyugal; al tedio que la asfixiaba. Aquel marino caído del cielo, qué duda cabe, era un tipo deseable. Trató de hacérselo ver con una mirada reposada, algo tozuda y recurrente. Pero el parecía ausente de ella, de sus señales. Le pidió un cigarrillo; le apetecía. Lo había dejado cuando se quedó embarazada. Transgredir, sucumbir a este deseo, no le dio importancia; las trabas debían terminarse; vivir sin ataduras, sin prejuicios. El viejo ya se había ido; brillaba el sol. Dio un par de caladas y lo chafó en el cenicero; con acritud, como si le hiciera responsable de algo.
Aprovechando la ausencia de Hilario, que recorría Europa con su enorme tráiler, quedaron para cenar al día siguiente. Se pasó media hora planchando el vestido azul y casi llega tarde. Regresó al día siguiente; agotada. Satisfecha, pero sin saciar. Su cuerpo era como un volcán liberando torbellinos de pasión contenida. Las tamarindos de la avenida se agitaban en un vaivén armonioso sobre la ría, sobre los mástiles de los veleros. Al fondo, bajo las las alas de las gaviotas, se veía la Base Naval. Cruzaron el puente; ella embelesada, al lado de él.
Gloria, de diecinueve años, se había cargado el mochuelo del sobrinito; pero la segunda vez, pasó del asunto. El abuelo también dio largas. Apenas paraba en casa, ocupado en el puesto de loterías que regentaba. Los sábados salía con la hermana de Marisa a cenar y al bingo; regresaban de madrugada, sudando alcohol y armando aspavientos que se perdían entre los crujidos de la vieja cama. Además, se excusó León, el crío no eran cosa suya. Carga con el, para eso lo tuviste. Para los encuentros posteriores echó mano de una amiga, nada chismosa y con tintes androfóbicos.
Gloria trabajaba en una tienda de telefonía móvil y compartía apartamento con Leandro, en el centro. Había visto al marino cuando se bajó del coche con Clara. Sus neuronas también comenzaron a perseguir maripositas blancas. Para sacar tajada, amenazó a la hermana con decírselo al cuñado. Sugirió, incluso, la posibilidad de compartirlo. Pero Clara no estaba por esa labor; sin duda, aún era un poco pronto; lo quería para ella sola. No se desalentó y siguió viéndose con él. Gloria se impacientaba; en una discusión provocada al efecto, se fue de la lengua; con saña. Hilario trató de sacar pecho, pero sin resultado. Al final, llegó a la conclusión de que era él único responsable y agachó la cabeza. Después de barajar varias opciones, se acomodó en casa de un compañero. No tenía sentido discutir por algo que no tenía remedio, comentó mientras deshacía la maleta. Hilario se había adaptado a los frenos hidráulicos, a la dirección asistida de su camión; realmente era más fácil manejarlos que gobernar a su mujer. Has hecho lo mejor, le apostilló el compañero.
Las escaramuzas se sucedieron entre las hermanas. Gloria atacó con brío, utilizando artimañas y abordajes contundentes. Era una situación desconocida que las desconcertaba. Ambas seguían sus instintos. Una tarde, desde el trabajo, telefoneó al militar. Clara parecía indispuesta, no podía salir y le pedía que pasara a verla. Cuando el oficial acudió a la casa solo estaba Gloria.
-¿Y Clara?
-Salió con el chico; al parque, creo.
En vez de replicar, se quedó mirándola. Estaba echada en el sofá en una actitud provocativa, demasiado insinuante. Era imposible dudar de sus intenciones; así que, no se hizo de rogar. Cuando llegó Clara, los sorprendió in fraganti.
El militar, lejos de poner orden, largó velas. Durante unas semanas maniobró con ambas mujeres, pero las dos estaban furiosas, posesivas; en una rivalidad peligrosa e insolidaria. Adolecían de falta de pedagogía, de cierto periodo de práctica; pero no era cuestión de empeñarse; podía salir escorado. Las dos hermanas, aunque presumían de un teórico liberalismo, no aceptaban la geometría triangular. Optó por la solución menos comprometedora. Buscar un puerto menos expuesto. Pero las hermanas no le perdieron de vista; le acosaron sin desmayar. El militar, pillado en un fuego cruzado, enfiló la vía menos embarazosa. Sin descuidar a una, puso su empeño en la otra. Gloria izó la bandera en su apartamento donde el marino se quedaba con frecuencia. Incluso se hizo con una llave. Leandro no fue obstáculo; era un saxofonista meticuloso, ajeno a tejemanejes; entregado a sus partituras.
Una noche desapacible, Gloria estaba con su prima Salomé; una chica esbelta, de senos puntiagudos. Acababa de tener bronca con Ambrosio y se largó de casa. Ambas mujeres habían bebido varios vodcas con limón. Destilaban un sudor lúbrico, dulzón, pegajoso. El militar no se hizo el estrecho y pasaron la noche entre jadeos, vómitos y cefaleas. Salomé se negó a regresar junto a su marido y se asentó sin mayores problemas en casa de la prima.
Mientras tanto, Hilario se había ido a vivir con la ex de Fernando. No es que me preocupe, pero Juana es mucho pan para ti; tantea el terreno, primero, le advirtió el tío. Pero Hilario, andaba necesitado y no perdió el tiempo en sutilezas. Clara lo supo un fin de semana, cuando su tía apareció enganchada de su brazo. Se llevaron a Alberto y le pusieron al corriente de que Salomé había roto.
El mismo día que Clara supo de su embarazo acaba de estar con Ambrosio. Se veían una vez a la semana. Las atenciones del marino se diversificaban, no la colmaban; necesitaba más. Cuando comprendió que el padre solo podía ser él, trató de localizarlo. Sin resultado. Llamó a la hermana y esta le reveló que también estaba preñada.
-Y Salomé, no te lo pierdas.
-¡Será guarra!
Bacachica, el teniente de navío, estaba en el extranjero, en una misión clasificada de confidencial. Las tres alumbrarían sin que él estuviera presente. Vistas las circunstancias y la reserva castrense, decidieron no insistir. Eran mujeres independientes, autosuficientes; criarían solas. Pero no fue necesario.
Al día siguiente del entierro del teniente de navío, las tres decidieron abortar. Si antes eran libres, dueñas de sus actos, ahora mucho más. El viejo había muerto y con él la censura.
-Borrón y cuenta nueva, dijo Salomé, al abandonar la clínica.
Días después, en la terraza del promontorio rememoraron sus encuentros con el marino. Después de todo fue una suerte que pereciera en las aguas del Índico.
-¿Imagináis la cara que pondría? ¡Tres chicos...! Le da un pasmo.
Como el que le dio a León, al enterarse de que Blanca, la hermana de Marisa, esperaba gemelos para la primavera.

Eugenio F. Murias

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