Miércoles, 19 de Enero 2022 

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04 Ago

Ya es cerca de medianoche. La señora Ramona está cansada. Ha bregado duro, aunque ya lleva un trienio en la jubilación. Se tienda en la cama y mira la lámpara del techo. ¡Vaya!, dos bombillas fundidas, ya me parecía... Se quita la ropa, sin prisa. Lo peor, los zapatos. Las molestias de la columna aumentan de día en día; apenas puede agacharse sin que terribles pinchazos la aguijoneen. Se pone el pijama rosa y enciende el televisor; solo para que le dé compañía; la soledad la mata. Odia esas noches de insomnio, sin poder acudir a nadie. La última vez telefoneó a Águeda; pero salió el marido echo una furia: ¡Qué horas son estas de llamar, Ramona! ¡Las cuatro de la mañana!


Acomoda los cojines y se sienta, bien aplomada, con las piernas cruzadas. Abre la gaveta, coge un tarro de una crema lubricante y la extiende, con mimo adorable, alrededor del cuello. Una y otra vez. Se fricciona con calma y ternura, con una mano; con las dos; a intervalos; por delante, por detrás; a pellizquitos, estirándose la piel como un chicle. Descansa del esfuerzo, con el tarro sobre el regazo y los párpados cerrados; como asedándose tras un orgasmo. Ay, quita, para allá; que ni me acuerdo ya, ¡cochino! Durante unos instantes, su cerebro apelmazado se va tras los enredos del asesinato de la diputada leonesa. Después, echa mano de un spray que huele a lavanda y lo aplica sobre la mortificada piel. Y se queda embelesada, encogida en una modorra gratificante. ¡Cochino, siempre pensado lo mismo!
Se puede asegurar, con acierto pleno, que son el cuello y la lengua las únicas partes de ese cuerpo ya marchito, los que aún se mantienen en plenitud. Como hace treinta años. ¡Mejor! -dice, entreabriendo los párpados-, ¡mucho mejor!
Con esta lengua que Dios le ha dado, y que ahora dormita impaciente aguardando el alba bulliciosa, chismorrea, comadrea, siembra infundios y calumnia; tiende marañas, propaga rumores y urde martingalas; ofende, difama, desgarra, fusila, estrangula y ahoga a los adversarios. Y a ratos, gotea, igual que una palmera reseca, palabras de un cariño rimbombante y estereotipado. Palabras escuetas, aparatosas, dichas en alta voz; para que la gente la mire y se muera de envidia. Pero los dos nietecitos -mellizos- la contemplan atónitos, desde el carrito; absortos, bajo las sábanas que esconden sus pucheritos avergonzados.
Pero es el cuello, elástico y todavía musculado, el orgullo de la señora que todavía resuella en la cama. Ese cuello, a primera vista, recuerda al de una garza de los pantanos. Mas, para no incomodar el de la zancuda, lo comparemos con un cañón antiaéreo: bien templado, temible y eficaz. Esa zona de transición entre cráneo y tronco, le permite alcanzar un radio de giro de 360 grados; y 180, en elevación; y si me pone en apuros, le confesaré que algunos más; sin peligrar su equilibrio ni estabilidad. Y eso que se queja de las piernas, de que ya no la sostienen, que han perdido la robustez de los sólidos afustes. Sin embargo, lo más significativo es que no se producen chirridos, estallidos, tirones ni agarrotamientos. Todo ese movimiento perenne, congénito y mejorado con pacientes y metódicos ejercicios, la llena de orgullo; y lamenta que no existan concursos ni combates de exhibición donde pueda apabullar contrincantes y salir triunfante. Ya tiene pensado hasta el nombre: Collumaquia. Bueno, en honor a la verdad, hay que decir que el nombre no se le ocurrió a ella; lo sugirió un viejo compañero de sindicato. En realidad no serían combates de cuello, sino pruebas de captación y seguimiento de objetivos. ¿Porque disparar no puedo, verdad? Bueno, cuando el objetivo está a huevo, nada te impide fulminarlo, Monchi; la consuela Óscar.
Si no se demora usted demasiado, aún la puede ver, asomándose con cautela –aunque a ella no le importará que la sorprenda- realizando torsiones, flexiones, circunducciones y estiramientos. Elongaciones me gusta más, Óscar. Concluida la sedación física, alcanzado el relajo, prepara la mortaja nocturna del mecanismo giratorio. Bajo aquella crema lubricante y el baño de spray va arrollando un paño blanco y limpio, con suavidad y deleite, y lo asegura con una cinta gris de velcro. Ni al de tu marido le dabas tantos mimos, Monchi. Ya saben ustedes a lo que se refería su buen amigo Óscar.
Ahora, a media mañana, cuando el flujo de viandantes es más intenso, está sentada en la terraza de la cafetería, con dos o tres amigas. Pero no escucha ni comenta, solo acecha. El cuello, en alerta perpetua, se desplaza sobre el eje de muñones de sus vértebras y enfila a diestra y siniestra; arriba y abajo; directamente, de enfilada y de revés. Nada ocurre en el corredor que domina, en el sector que se ha asignado, que le pase desapercibido. No hay ángulos muertos ni zonas desenfiladas. Calcula las trayectorias, las zonas de impactos, los desvíos y está atenta a la corrección. Todo lo calcula; todo, menos los daños colaterales. Para conseguir esta eficacia entra en posición a primera hora, eligiendo el mejor sitio, el más despejado. Y cuando alguna cara le es conocida, saluda, alzando la voz. No dice nada con fundamento: sólo es el placer de ser reconocida y que los demás lo constaten. Le priva ser el centro de atención, el ortocentro donde confluye la vida del barrio. Le encanta y le motiva que todo pase por su angular, procesarlo y espolvorearlo a los cuatro vientos; ser la primera en enterarse de lo que sucede; y de paso, brujulear, sacar tajada -aunque torpemente- para no ser pisoteada en la jungla urbana.
Hoy se le han pegado las sábanas y ha perdido el sitio. Pero no importa. Camina por la acera como esa grulla que se ha quedado sola en el pantano, mirando y mirando; desazonada. Cuando algún rostro le es familiar, brillan sus ensambles, alonga el periscopio, y entra en acción; avanzando entre mesas y sillas, como si fuera el meandro de la charca de su vida; tropieza, golpea y empuja a los clientes que se interponen, hecha un manojo de nervios, y alcanzado el objetivo, interrumpe la conversación, entrometiéndose sin pudor, acaparando, chillando como si hubiera puesto un huevo, cuando ya se creía vacía. El repliegue es igual de desordenado pero de lo más satisfecho. ¡Prueba superada!
Son tales las mañas que teje que ya cuenta con varios enemigos. No me sirven ni de aperitivo, Óscar. ¡Despreocúpate! Pero un día, al abrir el buzón, se encontró con un papel. Lo desplegó y leyó:
"Yo mezquina hedionda, que hiedo más que can;
Can que yace podrido, no el que come el pan".
Perdió el habla; aunque su lengua farfullaba como si estuviera apunto de hundirse en las olas, desbordada. Pero el mecanismo bien engrasado del cuello, respondió: comenzó a girar loco, sin control. Nada entendió, pero los nervios se la comían; daba vueltas como un trompo. Subió las escaleras, echa un manojo de nervios, pensado que la iban a secuestrar.
¡Qué cobarde; por qué no da la cara! Dijo, acalorada cuando Óscar vino a decirle lo que claramente ese ser anónimo pensaba de ella. Pero los versos de Berceo, puestos en boca del vicario Teófilo, en aquel hermoso relato de los Milagros de Nuestra Señora, la han noqueado;. sería más fácil ver diamantes en la farola de la esquina, que doña Ramona comprendiera el mensaje.
Podemos concluir que esta mujer –que aún oye misa los domingos y vota en la elecciones-, es una experimentada y enfermiza observadora; pero la interfaz entre lo que ve y lo que trasmite está en franco estado de abandono o deterioro.
Pero Ramona no es consciente. Por eso, es feliz; la ignorancia la protege como una costra frente a los parásitos. Aunque, a decir verdad, los parásitos los tiene dentro. Pero nada le importan esos huéspedes; sin ellos se siente vacía.
Vive, malvive y perjudica... Expande dimes y diretes, los elabora y los malea. Pero, sin que sea consciente, sin otras metas en su renquear vital, se queda sola en un escaparate de vaciedades, bajo luces psicodélicas, enfrentada a unos ojos sorprendidos que la miran y pasan de largo, ajenos a sus pulsiones desmedidas.

Eugenio F. Murias

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