Abrázame fuerte, más fuerte. No quiero esperar la marea, no quiero seguir viviendo. Acabemos de una vez. Dame el último cigarrillo y acabemos, acabemos de una vez. Abrázame, no me sueltes; ni siquiera cuando caigamos en las rocas, ni cuando las olas traten de separarnos. Abrázame. Y si algún pez nos engulle...
Salí de la oquedad, cigarrillo en mano. Me miraron, sin sobresaltos; me acerqué. La llama chisporroteó en los regueros de salmuera; allá, bajo el manantial que se secaba.
¿Si la vida es una experiencia amarga, por qué lo ha de ser la muerte? La muerte es la liberación, el fin de los pesares, ¿por qué ir a su encuentro, dolorido y magullado?
Confluyeron nuestras miradas en un abrevadero de esperanza. La cortina de humo se retorcía, inquietada por la luz del faro, espantada por los suspiros.
Ciertamente, tratar de escapar de su vida mísera, alienada, sin perspectivas, les llevó a maquinar variados procedimientos. Cada cual más doloroso, más mezquino, más tortuoso. Todos ofrecían un placer insospechado a los dioses implacables y altivos. ¿Por qué había que darles esa satisfacción? ¿Tanto le debían a su orgullo fatuo?
La desesperación nos trajo aquí. Sin trabajo, sin casa, enfermo; desahuciados... ¿Qué podemos hacer? Los niños quedaron a las puertas del albergue; esta tarde, al oscurecer. ¿Qué será de ellos...?
Las burbujas de hiel se desbordaban de los labios trémulos; las manos entrelazadas, quebrándose en la espera. Suspiros de tristeza.
Una muerte dulce, como de enamorados en trance, no podía estar prohibida; y menos a seres desgraciados. Huir de la vida, de su tiranía, era un acto libre y nada irresponsable. ¿Quién lo duda? Si nadie me ha invitado a la vida, al festín de los opulentos, nadie me debe decir cuándo y cómo debo abandonarla; ni siquiera si deseo quedarme. ¿Por qué tenían miedo? ¿Qué profetas les predicaron el remordimiento? La libertad guiaba sus actos, sus deseos. Un millar de células ensambladas, envueltas en seda, parapetas en orgullo, no tenía poder sobre sus actos. El ser humano era soberano –y esclavo, a la vez- de sí mismo; pero de nadie más. Ese era el único consuelo.
Pero arrojarse desde aquel precipicio era una crueldad, una sinrazón; un tormento añadido.
Alguien dejó escrito que decenas de opositores y disidentes al régimen autárquico han sido despeñados aquí, en este mismo lugar; en un tiempo de escarnio y oprobio. Los gritos se hundían en las olas y la sangre chorreaba de los picos de las gaviotas; de sus plumas, de las garras rebosantes. Ni una piltrafa de carne, solo huesos descarnados flotando en un vaivén de maldad inacabada...
El haz de luz destelló benévolo en las dos cápsulas.
¿Quién vengará nuestra muerte? ¿Servirá de algo? ¿Pagarán los malvados sus fechorías?
Traté de decirles que nadie arrojaría flores a las invisibles cenizas de su mísera vida; que nadie le alzaría monumentos, que la lucha descarnada por la supervivencia...
Pero el beso de la liberación selló sus pesares, sus angustias.
Y los dejé fundidos en un abrazo yerto, al pie del faro, sobre el acantilado voraz.
Eugenio F. Murias