Un individuo –como el coronel Lezcano-Mújica– no solo se afea y degrada a sí mismo –que podría ser una cuestión sin importancia- sino a la institución a la que pertenece y representa. Ya sabemos que es un garbanzo disonante, negro y repulsivo; felizmente no representa a nadie y no hay que disimular su anormalidad ni protegerla. A no ser que su estado mental se haya vuelto irremisiblemente enfermizo y necesite tratamiento en algún centro de internamiento, en cuyo caso la sociedad velará para que el proceso sea lento y concienzudo.
La sentencia del tribunal militar –por un delito de abuso de autoridad- de dos años y diez meses de prisión puede parecer más o menos justa; eso es opinable. En cualquier caso, se apreció el delito cometido y se condenó al culpable.
Lo narrado por la comandante de que su acosador, al cruzarse ambos, la "encaraba" con los dedos simulando una pistola y el asunto de las tracas y pintadas aparecidas en la tienda de campaña durante unas maniobras "Beta", parecerían rocambolescos si no fuera por los tristes hechos que hemos conocido. Una militar se lo pensaría dos veces antes de pedir destino a la Unidad de un coronel con estos antecedentes y empeñarse en misiones de riesgo y fatiga por él dirigidas. A una mente tan retorcida y vengativa le sería difícil encontrar voluntarios. Su actitud prepotente es un desquite de mal perdedor; y ya sabemos que quien no sabe perder, tampoco, ganar.
Y ahí, con el castigo del culpable, debería haber terminado el recorrido.
Pero no; no era la estación terminal; solo un apeadero camuflado. Aún queda un trayecto velado, sin duda escabroso y de raíles sesgados. Si los hechos condenados son graves, no lo son menos los que se producen después, según la oficial. Pues se realizan alevosamente. Y si ya es grave y execrable la conducta del acosador, lo es más, si cabe, la actitud de las personas implicados en los hechos posteriores.
Al acosador se le asciende a coronel, a sabiendas de que estaba denunciado y pendiente de sentencia. Este ascenso –que se debe producir por elección– supone una Hoja de Servicios brillante, una conducta intachable y méritos profesionales constatados y contrastados. Algo huele mal. Después de cumplir la condena –al parecer, aún permanece en libertad condicional, al haber cumplido las tres cuartas partes de la condena– es preceptivo esperar tres años para solicitar la cancelación de los antecedentes penales. Sería entonces, en su caso, la valoración para el ascenso.
Las triquiñuelas que se urden tras la condena, según Zaida Cantero, para pillarla en un renuncio, de ser ciertas, ponen de manifiesto una persecución en toda regla, por no decir una venganza rastrera. Se decía, cuando la "mili" era obligatoria, que las faltas se corregían no se buscaban.
Algunas voces se alzan en contra de la existencia de tribunales militares, al menos en periodos de paz. Sin duda, puede ser un asunto a debatir. Los tribunales militares y las vistas –per se– pueden adolecer de falta de objetividad al sentirse el acusado o imputado de menor graduación en situación de desequilibrio, mediatizado. Baste decir que el Tribunal estaba integrado por su presidente y dos vocales togados, más dos vocales militares, generales de brigada o contralmirantes –al ser el acusado de empleo igual o superior a comandante-. El corporativismo puede ser peor que asaltar una colina contaminada de iperita. No esta demás recordar que el denunciado, y luego culpable, contó para su defensa con un abogado del Estado, y la comandante –la víctima– debió costearse el suyo. Y que si la condena hubiera sido de tres o más años, habría llevado como accesoria la pérdida de empleo del agresor. Juzgue cada cual.
El nuevo Código Penal Militar parece estar al caer; y ya tarda. Aun están en vigor penas –desde 1985- como la deposición de empleo, el confinamiento y el destierro. Al menos, ahora, en el caso que nos ocupa, parece que van a tipificarse el abuso y acoso sexuales –art. 47 y 48, si no hay cambios–, incluidos dentro del abuso de autoridad.
No decimos nada nuevo si afirmamos que errar es de humanos y perseverar en el error, una necedad. Confiemos en que el acosador haya enterrado la suya. Tampoco se debe olvidar que un acosador o jefe arbitrario no es nada si no tiene subordinados y superiores dispuestos a seguir o enmascarar sus extralimitaciones en el ejercicio del mando.
Adelante, Zaida; no cedas en los principios. Semper fidelis!
Eugenio F. Murias