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Eugenio Fernández
URL del sitio web: http://canarias24horas.com/"En el claustro de la catedral"
Adolfo, ¿cómo estás, hombre? Perdona que no haya venido antes; pero no he podido. El gobierno me va comiendo terreno. Si yo te contara... Me marcan la agenda, al milímetro. Ya sé que no es excusa, ya. Pero es lo que hay. Tú ya me entiendes. Aprovechando que Sofía tenía que asistir a un concierto aquí, en Ávila, me dije, ¿por qué no vas y saludas al duque? Y eso he hecho.
Oye, antes de nada, lo de tu funeral... Que sepas que estuvo magnífico. No faltó nadie. Tus hijos, del diez. Hasta ese yerno negro que te salió... Y tus nietos... ¡qué te voy a contar! Que me cuentan que el mayor quiere ser político, como el abuelo. La gente te quería, Adolfo. Siempre tuviste esa sonrisa de mago encantador. Fuiste un seductor, lo sabes. ¿Te acuerdas de aquellas mujeres que decían que votaban a Suárez porque les cautivaba su sonrisa? Oye, aún lo recuerdan. La gente, en la cola, pasando a despedirse en el Congreso, lo decía. Dejaste huella.
"Abstención & Indecisión"
En la vida, las realidades no acostumbran ser únicamente de color blanco o negro. El matiz cromático es variado; aunque, a veces, la sencillez se impone y no hay más alternativa que decantarse por uno de ellos. Hacer malabarismos y arquitectura barroca con razonamientos planos no conduce a nada. Lo simple es lo maravilloso, lo grandioso.
Se habla de escepticismo –agnosticismo, si lo referimos a la religión- cuando los argumentos a favor y en contra sobre determinadas cuestiones se equilibran, y se hace muy difícil o imposible tomar una decisión. Pero eso ocurre en asuntos o temas muy escabrosos. Y, posiblemente, en esas circunstancias se imponga la abstención como respuesta a la incapacidad mental.
"En el metro, de madrugada"
"Pues que vengan los del juzgado aquí. ¡Qué..! ¿Me estás diciendo que la infanta no puede declarar en Zarzuela? ¿Desde cuándo? Entonces que vayan a Marivent. ¿Tampoco...? ¡Qué clase de rey soy! ¿Me lo quieres explicar? Yo lo sé. ¡No estoy de humor, Paquillo! Te lo diré, igualmente. Mira, lo mejor es que vaya en globo. ¡Llévate a este loco! Escucha: entre las cuatro y cuatro y media de la madrugada, lo tengo comprobado, las calles están vacías. Los noctámbulos ya se han ido y los que se levantan temprano, aún duermen. Es la mejor hora, te lo digo. Nadie verá a tu hija. No me fío. Esos periodistas son incansables. Es imposible darles esquinazo; levantas una piedra y sale una docena. Desde luego, sería muy arriesgado, majestad; además, en invierno, las condiciones meteorológicas... ¡Pues a ver qué hacemos! ¿Cuánto tiempo nos queda? ¡Calla, Paquillo! ¿Dos semanas...? Suficiente. ¿Sabes que te digo, rey?; que tires de pico y pala. ¡Basta de tonterías! Deja que se explique el bufón, señor, a veces las mentes simples... ¡Mente simple...! ¿Te refieres a mi, cortesano? ¡Vamos, vamos! No le entres al trapo, hombre. ¡Paquillo, termina ya! La cosa es sencilla: cava un túnel desde Marivent al juzgado. ¿Qué haces cebando a esos etarras en la cárcel? ¡Dales tajo! Bueno para ellos, bueno para ti. Eso no tiene pies ni cabeza, Paquillo. Pues lo único que se me ocurre, entonces, es que vaya andando, como cualquiera; si no tiene nada que esconder, qué miedo puede haber..."
Un brusco frenazo me despertó. Pensé que era la policía, que el sueño me había delatado. Pero iba solo en el vagón del metro; no había visto a la mujer que dormitaba en la otra punta, cubierta con una manta. Faltaban diez minutos para las cinco. La cabeza me daba vueltas, como si estuviera en un carrusel.
El móvil vibró. No encuentro las llaves, ¿puedo ir a tu casa? Vale, te espero en el portal; no tardes. Le había pasado más veces. Lidia era así. Apenas abrió la boca en toda la noche; creo que discutió con Dani. Habíamos estado en el Coto del Diablo y en algún momento hablamos de la imputación de Cristina de Borbón.
Javier se quedó pasmado cuando le dije que ya no vivíamos en la edad media. Eso ya lo sé. Pues a mi, a veces, me lo parece; por lo menos en lo del rey y todo eso. ¡Explícate! Muy simple. Tenemos rey porque queremos tenerlo, ¿no?; y le pagamos para que nos represente. Y si no cumple como Dios manda, que se vaya. Elena y Cristina, ¡qué coño pintan! ¿Por qué tienen escoltas y privilegios? Que se busquen la vida, como cualquiera. Estoy de acuerdo. Blanca siempre fue más progre. Si esa tía tiene que ir al juzgado, ella sabrá por qué. Allá ella. Que de la cara, que responda y asuma sus actos; como cualquiera. ¿Por qué tiene que ser noticia que una infanta declare ante un juez? La noticia es que aún existan reyes y príncipes. ¡Ya te digo! Cuando se habla de progreso somos más lentos que los koalas.
Nos sentamos en los butacones. Sí, desde luego. Ángela, pensaba igual. Todo es una mierda. Dicen que la justicia es igual para todos. ¡Ja, ja, ja...! ¡Je, je, je...! ¡Ji, ji, ji... ¡ ¡Jo, jo, jo...! ¡Ju, ju, ju...! ¿Sabéis lo que le pasó a un pobre hombre, delante del juez? Un capitalista insolente le asestó un bastonazo y le partió la oreja. El hombre le denunció y fueron a juicio. Cuando ya habían declarado, el juez, mirando al pobre, dijo: tiene usted razón, pero por lo que estoy viendo se la tengo que dar a este señor. ¿ Y qué vio? ¡Joder, Agustín, a veces, pareces bobo! El ricacho le estaba dando un buen fajo de billetes por debajo de la mesa. Con un argumento así, cualquiera se echa atrás. Ahí está el problema, Javier. Tenemos que acabar con los privilegios. Esa gente tiene demasiado poder y mueven muchos hilos; son intocables. Blanca pidió otra ronda. El único privilegio es que les dejamos reinar; ése es el privilegio.
Salimos a bailar; pero Ángela siguió machacándome; tirando de historia. Era lo suyo. ¿Sabes lo que dijo Bossuet? ¿El obispo francés...? Dijo que el rey es sagrado y atentar contra el es un sacrilegio. ¡Qué gilipollez!, ese tío estaba grillado. Muchos estaban de acuerdo con él, pero desde que los ingleses le cortaron la cabeza a Carlos I y los franceses a Luis XVI, se acabó aquello de que la realeza procedía de la divinidad. Esa gente tuvo un par de huevos, Agustín. Más que nosotros. Desde luego. Antes de que lo decapitaran, en Whitehall, alguien gritó: No hay hombre sobre la Ley. Estoy de acuerdo. Nos sentamos. La gente todavía se acojona cuando se habla de realeza. Nos han educado así, ¿qué quieres? Pues ese invento se tiene que acabar. No es tan fácil. ¡Olvídate, Javier! Son como nosotros. ¡De eso, nada! Deberían serlo. Ahí, le has dado, Blanca. Lo que ocurre es que están muy mal acostumbrados.
Salí con Ángela. Mira, nosotros nunca aprendemos. En la constitución, pusimos que la persona del Rey es inviolable, que no está sujeto a responsabilidad. ¡Tócate lo huevos! Nos despedimos. Seguí solo. Ella bajó del metro; tenía que hacer trasbordo.
El vagón se detuvo y entraron dos de seguridad. Ni me vieron. Iban por la mujer. Le quitaron el blíster de yogur que llevaba debajo de la manta. Y se la llevaron. ¿Qué ha hecho? Esta rata nos tiene más que hartos. ¿La lleváis a comisaría? Me miraron como si hubiese dicho una gilipollez. Puedo pagar los yogures. ¿La conoces? Se cruzaron nuestras miradas; la suya, bajo un revoltijo de pelo. La soltaron. Has tenido suerte, pero ándate con ojo. Se fueron los seguritas y la mujer se sentó en los peldaños. ¿Quieres? Se tragó el yogur casi de golpe. Subí las escaleras, olvidando su boca con grumos blancos. Afuera, helaba. Eres un buen tío. La mujer también había salido; se llevó otro yogur a la boca. Se limpió y los grumos se quedaron en la manga. Lidia me hizo señas desde el portal. La mujer dejó de sonreír, como si se hubiera llevado un chasco. Bajó la escaleras y desapareció. Me froté las manos y eché a correr bajo una nubecilla de vaho.
Eugenio F Murias
"Supervivencia"
Todas las especies luchan por sobrevivir; esto implica, en esencia, subsistir para transmitir los genes, por perpetuarse. Y nadie se libra de este singular y básico hecho. Todos, de un modo u otro, ansían llegar a ser los machos alfa de la manada; todos, menos aquellos que, viajando en una longitud de onda imperceptible los no elegidos, se emasculan –espiritualmente, se entiende- y renuncian a multiplicarse. Pero esos son minoría; una minoría que, observada desde una posición intacta, se podría tildar de insolidaria, solipsista y estéril.
"Vidas en el cauce"
El agua, del color de la tierra yerma, se despeñaba barranco abajo; y traía el olor amargo del quebranto. Los callaos se restregaban en un sonido hosco y tenaz; pavoroso, como el de los truenos que retumbaban allá abajo, sobre el mar invisible.
Llovía.
El peñascoso barranco surcaba la ciudad. Pero la ciudad huía de él; recelosa de aquella herida abierta y profunda; sin cerrar.
En la orilla opuesta, muy escarpada, divisé varias oquedades. Me acerqué, con el perrillo siguiendo mis pasos. Me aposté bajo el árbol, entre escalofríos; detrás de un muro de piedra medio derruido.
Amanecía.
" El legado de Toribio"
El día del entierro de Toribio llovió a cantaros. El fallecimiento, largamente esperado, vino a ser una catarsis; el baño purificador que aguardaban los miembros de la familia. La muerte de Toribio los liberó de traumas, ataduras e inhibiciones. La presencia del viejo, su mirada de censor emérito, maniataba sus actos; también sus pensamientos.
Aquella noche, su nuera Marisa se acostaba con el hermano de su marido. Las lágrimas y las penas, si las hubo, se diluyeron bajo la techumbre de madera de la vetusta casa familiar; al ritmo trepidante de las gotas de lluvia; de los sobresaltos de un somier quejumbroso y deshabituado.
"Senado popular"
Si asumimos como cierto que la actuación legislativa de la cámara senatorial de nuestro país -con las actuales competencias y funcionamiento (art. 90 de la Constitución)- no es necesaria en el Estado presente, deberíamos "ahumar" a los zánganos que de ella se nutren, "sellarla" y arrojarla al monte del olvido.
Si lo anterior no es posible, que parece que no, (¡Ay, cuántos intereses ocultos no habrá!), permitan que tratemos de reorganizarla y dotarla de utilidad y reconocimiento; al menos, en el modo de acceder a este cargo y establecer un reparto más equitativo de los beneficios que parece reportar a quienes con tanta voluptuosidad succionan el generoso e inagotable panal que les alimenta .
"El perro envenenado"
Ascendí a los cielos, solo al primer vestíbulo. Aunque no recuerdo el momento ni el modo; tampoco la facha. Pero llegué. Y lo supe cuando vi que a los pies de un anciano melancólico, de cejas rosáceas y ojos de escalo pervertido, dormitaba un gozquejo de capa negra y resuello nada extraño. Las barbas del viejo, blancas cual lomas nevadas del Carmelo, parecían desentumecerse con los primeros albores. Apenas me moví, para no contrariarle; pues bien sabía de los modales ásperos que se gastan los porteros quisquillosos; al menos, en la remota tierra. Pero los imperceptibles efluvios de una emoción que no podía controlar, se arremolinaron sobre la trufa negra, húmeda e insomne del perrillo. Enderezó las orejas, abrió los ojos y durante un instante venteó el aire; inquieto. Me reconoció. Agitó la cola con cautos meneos; ralentizados, como si dudara de mi estado de ánimo o temiera incomodar las sandalias del viejo. Después, se enderezó y brincó hacia mí; alborozado.
"Reporteros en acción"
La comitiva fúnebre avanzaba con parsimonia, igual que una ráfaga de viento agónica. El féretro, a hombros de cuatro desgarbados y acezantes porteadores, se bamboleaba, se inclinaba; se escoraba en una marcha dispareja. Regueros de sudor se despeñaban por sus espaldas, afeando las camisas limpias. La cuesta, cruelmente empinada, se hacía interminable; arrancaba sollozos y jadeos que zumbaban como moscones. Bajo el sol de media tarde, un gemido doliente rasgó el aire y apuñaló los ánimos. Todos se movían como enlutadas marionetas; cabizbajos y desganados. Algunos, los más cercanos a la finada, disimulaban la fragilidad de las emociones tras los cristales opacos de las gafas.
"En la consulta"
Es mediodía. En la sala de espera el ambiente parece hostil. Los pacientes se enconchan en sus preocupaciones, se aíslan del entorno; igual que fardos heterogéneos descatalogados en un almacén de penurias. Los amplios ventanales se abren a un jardincito de arbustos dolientes, desmayados por el calor veraniego.